Terrorismo y extremismo islámico en América Latina

Origen: La realidad ignorada del extremismo islámico en América Latina

La realidad ignorada del extremismo islámico en América Latina

Abu Mansour al-Muhajir, ciudadano de Trinidad y Tobago, combatiente del Daesh

Por: Alexandra Dumitrascu | En: http://www.atalayar.com/

Es muy habitual entre los ciudadanos latinoamericanos pensar que el terrorismo yihadista es un fenómeno ajeno a la región, siendo esta una clase de ignorancia inducida, producto de la sistemática negación de los gobiernos de América Latina respecto del mismo.

Por una parte, es comprensible que en Latinoamérica no hayan añadido el terrorismo islámico a la lista de problemas habituales de la región, que ya de por sí han sido suficientes, esto es: la pobreza, la corrupción, la debilidad institucional, el crimen organizado, y por qué no, el terrorismo genuino de los grupos locales con el que se han enfrentado algunos países como Colombia, Perú, o Paraguay, entre otros.

Asimismo, es verdad que los países de América Latina no han formado parte de la lista de “enemigos declarados” de las organizaciones terroristas, y esto se debe, en gran parte, a la tradicional o histórica neutralidad que los gobiernos latinoamericanos han mantenido respecto a los conflictos de Oriente Medio.

No obstante, la inactividad terrorista en la región, no quiere decir ni de lejos que América Latina haya sido exenta de la presencia del radicalismo islámico, sino todo lo contrario. Los miembros y/o simpatizantes de las organizaciones y grupos terroristas islamistas han aprovechado las condiciones regionales, como la debilidad institucional, la porosidad de las fronteras, la corrupción, etc., para planificar y, sobre todo, financiar, actividades terroristas tanto dentro como fuera de la región.

Hezbolá, crimen organizado, y terrorismo

La presencia de elementos radicales islámicos en la región ha estado especialmente ligada al grupo libanés Hezbolá, que a partir de los años 80 instaló sus primeros operativos, primero en la Triple Frontera, y después, a medida que la vigilancia ha aumentado, se ha desplazado, o mejor dicho, extendido, a otras regiones, como la Isla Margarita de Venezuela, o la región del VRAEM en Perú.
Su presencia en América Latina guarda una estrecha relación con las actividades de crimen organizado, especialmente el lavado  de dinero, el tráfico de drogas y armas, y la falsificación documental, entre otras, y es en Latinoamérica donde ha encontrado una base sólida para financiar sus actividades terroristas.

El Informe sobre Terrorismo 2015 del Departamento de Estado de Estados Unidos todavía mantenía la alerta acerca de las actividades de crimen organizado que se llevan a cabo en la Triple Frontera que, de acuerdo con el documento, tienen un alto potencial para financiar a determinadas organizaciones terroristas. En este sentido advertía sobre la presencia e influencia que todavía mantiene Hezbolá en América Latina, en donde miembros, facilitadores y simpatizantes continúan llevando a cabo actividades en orden a crear una infraestructura estable en América del Sur, mediante la recaudación de fondos a través de medios tanto legales como ilegales. Legales también, porque como ya se ha demostrado, algunos de sus miembros o simpatizante, estarían a cargo de negocios de venta de electrodomésticos o productos electrónicos, entre otros, cuyos ingresos van directamente a las arcas de este grupo terrorista.

Cuando se trata de terrorismo, los atentados a la Embajada de Israel en Buenos Aires, y el de la Asociación Mutua Israelí de Argentina (AMIA), de los años 90, son el paradigma perfecto del potencial de este grupo para planificar y atentar en suelo latinoamericano. Como ya ha quedado demostrado, ambos ataques han sido perpetrados por Hezbolá, aunque los principales artífices de los mismos fueron altos funcionarios de la República Islámica de Irán. La presencia e influencia de Irán ha ido incrementándose, igualmente, desde los años 80, cuando empezó a estrechar vínculos con algunos gobiernos regionales que se declaraban y se siguen declarando abiertamente anti-occidentales aunque, sobre todo, anti-estadounidenses. Venezuela, en este caso ha sido el principal valedor, de la presencia de Irán y de miembros de Hezbolá en América Latina, y que ha permitido que estos últimos se desplazaran por la región, y llevaran a cabo actividades criminales, con total impunidad.

Tal como han informado los servicios de inteligencia de la región en colaboración con los de Estados Unidos e Israel, la red que se encargó de planificar y llevar a cabo los dos atentados sigue activa, y a pesar de haber una orden de detención a nivel internacional, algunos de sus miembros siguen desplazándose sin dificultades por América Latina, en parte gracias a los pasaportes falsos proporcionados por el gobierno venezolano.

Posteriormente a los atentados de Buenos Aires, hubo otros intentos desde la región, aunque fallidos, como en 2007 cuando tres ciudadanos de Guyana, en colaboración con un imán radical de Trinidad y Tobago, planificaron e intentaron llevar a cabo un ataque en el aeropuerto J.F. Kennedy de la ciudad de Nueva York. Asimismo, sin remontarse más lejos, a finales de 2014, las autoridades peruanas detuvieron a un ciudadano libanés, supuesto miembro de Hezbolá,  que, presuntamente, había recibido órdenes de llevar a cabo un atentado contra intereses judíos e israelíes en Perú.

Daesh, una amenaza creciente

El Departamento de Estado de Estados Unidos y operativos del SOUTHCOM, el Comando Sur de Estados Unidos que se encarga de las actividades militares en América Latina, han alertado que hasta la fecha alrededor de 100-150 ciudadanos latinoamericanos, aunque admiten que podría tratarse de más, han viajado ya a Siria e Irak, algunos en compañía de todos sus familiares, para afiliarse al Daesh.

El caso de Trinidad y Tobago es especialmente preocupante. De acuerdo con las autoridades locales, de todos los ciudadanos de América Latina que se han unido al Daesh, 70 son de Trinidad y Tobago. En agosto nueve ciudadanos trinidenses fueron detenidos en Turquía en su intento de cruzar la frontera hacía Siria. Las autoridades islámicas del país advierten cada vez más acerca del interés que el salafismo despierta entre los jóvenes del país.

Más preocupante aún podría considerarse el caso de Brasil. En la víspera de los Juegos Olímpicos, un grupo yihadista brasileño autoproclamado Ansar al-Khilafah Brazil proclamó su lealtad al líder del Daesh, Abu Bakr Al Baghdadi, convirtiéndose así en la primera agrupación de América Latina que se declara públicamente afín a un determinado grupo terrorista islámico. La agrupación brasileña, que se ha dedicado a difundir propaganda a favor del Daesh, pretendía, presuntamente, llevar a cabo un atentado contra la delegación francesa presente en el país con ocasión de los Juegos Olímpicos, tal como se desprendería del vídeo difundido en su cuenta de Telegram.

A pesar de la demostrada la numerosa presencia de miembros radicales islámicos en Brasil, las autoridades han negado tal realidad, y aún más grave, se han resistido a calificar a grupos como Hezbolá o Hamas de terroristas, a pesar de que Estados Unidos así los considera desde los años 8.

América Latina, aunque sus ciudadanos no lo consideren así, es un campo muy fértil para el radicalismo islámico. En agosto, SOUTHCOM advertía nuevamente acerca de la posibilidad de que extremistas de naturaleza sunní procedentes de las regiones de Afganistán-Pakistán y el África Oriental, penetren en la región con la ayuda de profesionales en materia de tráfico de personas y contrabandistas. Además, el organismo militar ya confirmó la filtración de cerca de 30.000 individuos procedentes de Oriente Medio, que más que una amenaza para América Latina, representan un serio desafío para Estados Unidos, debido a la corrupción, instabilidad o debilidad gubernamental, y la falta de organismos competentes, que hace que estos puedan filtrarse por las fronteras sur de Estados Unidos.

A pesar de la presencia de extremistas islámicos en América Latina, no hay razones factibles para considerar que estos representan una amenaza directa para los países de la región. Sin embargo, no se puede desdeñar que, a medida que la seguridad y vigilancia en los países occidentales, en este caso de Estados Unidos, vaya a incrementar, los miembros radicales contemplen quedarse en los países latinoamericanos para llevar ataques contra intereses occidentales en general, e israelíes, con las consecuencias que esto conllevaría para la región.

El único país latinoamericano que podría padecer una amenaza real hasta en la actualidad es Panamá por su condición de miembro de la coalición internacional contra el terrorismo liderada por Estados Unidos. Panamá se ha unido a la coalición a principios de 2015, convirtiéndose con ello en el primer país de América Latina que se ha sumado a los esfuerzos de combatir el terrorismo internacional.
América Latina no tiene capacidad por si sola de hacer frente al terrorismo islámico. Los servicios de inteligencia de la región, así como los agentes de seguridad, tampoco tienen potencial como para suponer que lo puedan hacer por si solos. A lo largo de los años, los servicios de inteligencia latinoamericanos han sido agencias de los gobiernos que se han dedicado más a la investigación de los oponentes políticos, lo que hace que su experiencia en asuntos como el presente sea prácticamente nula.

La inexistencia de una legislación acorde, sumada a la falta de recursos para investigar los viajes fraudulentos, la identificación de los miembros radicales, la falta de vigilancia de algunas de sus fronteras, la ausencia de controles biométricos, etc., son todas condiciones favorables para, en este caso, el radicalismo islámico.

 

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