‘Muerto Stalin, ¿quién pensará por nosotros?’ 

Origen: ‘Muerto Stalin, ¿quién pensará por nosotros?’ | Diario de Cuba

‘Muerto Stalin, ¿quién pensará por nosotros?’

Las cenizas de Fidel Castro, transportadas hacia Santiago de Cuba. (AP)

El político que hizo de la muerte una consigna esencial y una herramienta imprescindible de gobierno, acaba de encontrar la suya, no con sus botas italianas puestas, ni a manos de sus enemigos jurados, sino en su propio lecho familiar, a la selecta edad de 90 años.

Por su presencia, para bien y para mal en nuestras vidas, su desaparición es un acontecimiento. Ahora, muchos cubanos pierden al padre proveedor y modélico. Otros tantos, al culpable universal de nuestras desgracias. Ambos roles le correspondieron y son insustituibles.

Para con sus aliados, fue siempre generoso y pródigo en milagros. Para sus adversarios, un enemigo perpetuo y terrible. Los habituados a acatarlo, se enfrentran ahora con la interrogante que refiere el poeta Evtuchenko: “Muerto Stalin, ¿quién pensará por nosotros?”

Uno de sus biógrafos, el periodista norteamericano Tad Szulc (Fidel: un retrato crítico, Grijalbo, 1987), se preguntó cómo había sido posible que una personalidad tan liberal y creativa como la suya, hubiese permitido que los soviéticos le convirtiesen “su revolución” en una sociedad tan cerrada, tan totalitaria y aburrida. No recuerdo sus respuestas. Ensayaré la mía.

Entró muy temprano en mi vida. Mi primo Héctor Pablo Rodríguez Gómez hablaba maravillas de su amigo. Por sus vínculos con el líder ortodoxo Eduardo Chibás, mi familia simpatizó con él. Estuve con mi tía Chela entre la multitud de habaneros que lo vimos entrar triunfante en La Habana, a bordo de un jeep militar, con su hijo Fidelito al lado. Los norteamericanos del Hotel Havana Hilton despedazaron guías telefónicas para arrojarlas como confeti a su paso por la calle 23.

Tras su triunfo de 1959, adolescente yo, lo seguí ciegamente. En una de mis carpetas del Instituto de la Víbora, estampé aquella imagen suya, erguido, con mochila y fusil, con la vegetación de la Sierra Maestra de fondo y aquella consigna: “Comandante en Jefe, ordene”.

No dudé en levantar la mano para integrarme a las Tropas Coheteriles Antiéreas en abril de 1963. Cuando salí bajo certificado psiquiátrico dos años después, ya era otra persona. Desde entonces fui alejándome cada vez más de su prédica y, sobre todo, de su práctica.

Desde hace muchos años me considero un izquierdista por cuenta propia, que juzgo críticamente al sistema establecido en Cuba por los Castros.

Son innegables sus capacidades y su consagración absoluta al quehacer político.  Las brillantes cualidades personales suyas, que impresionaron tanto a Szulc como a muchas otras personalidades internacionales, tuvieron que ceder ante las exigencias del personaje político que encarnó: un jefe poderoso y siempre ambicioso de más poder.

La concentración del poder totalitario en sus manos se le convirtió en un hábito, al que se unía el hecho de estar siempre rodeado de seguidores, incapaces de llevarle la contraria.

Como guerrero, fue implacable con sus enemigos y prolongó su guerra personal con EEUU de manera insensata, anteponiéndola a los intereses reales de nuestro país.

Comparado con Martí, careció siempre de la capacidad suprema para cultivar la rosa blanca. Jamás aceptó el diálogo franco, y su reacción respecto a las críticas fue siempre airada y tajante: “Con el enemigo no se dialoga, al enemigo se le combate hasta la destrucción”.

Ese fue el Fidel duro e implacable, que nunca vieron Szulc ni sus admiradores cristianos, como Frei Betto o Ernesto Cardenal.

A partir de ahora, comienza su interminable y polémica posteridad. Ojalá que su contienda personal con “el imperialismo yanqui”concluya con su desaparición y que Cuba pueda finalmente salir adelante, con todos y para el bien de todos.

 

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