Derrumbes en una Habana que sucumbe

El Ángel Exterminador

FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 22 de Abril de 2017
URL: http://www.diariodecuba.com/cuba/1492792640_30557.html

Luis Buñuel definitivamente debería haber filmado en Cuba. Material sobraba y todavía sobra. No le hubiera hecho falta escribir uno de sus rocambolescos y enigmáticos guiones; bastaba un hecho nimio, tal vez tan común como este, el derrumbe de una escalera en Centro Habana.

En su famosa película de 1962, El ángel exterminador, Buñuel sitúa un grupo de burgueses mexicanos en una habitación tras asistir a una ópera. Los hombres y mujeres de la alta sociedad comienzan compartiendo copas y refrigerios en un ambiente relajado. De pronto se encuentran atrapados, sin poder salir del lugar y sin saber qué se los impide. Maestro de la incertidumbre y los significados múltiples, el director aragonés pone al espectador en un estado de angustiosa perplejidad: ¿por qué no escapan de allí?, ¿qué los limita a atravesar la puerta?

Pero esta vez no se trata de ricachones mexicanos sino de humildes habaneros, inquilinos de un edificio de diez pisos situado en la esquina de San Miguel y Amistad, en Centro Habana. La noticia no es el derrumbe en sí, pues se calculan entre dos y cinco viviendas colapsadas en la capital tras una intensa lluvia. Dos tercios del fondo habitacional cubano necesita reparación parcial o total, para no hablar de las violaciones de la seguridad de las viviendas, la mayoría motivadas por el hacinamiento de hasta tres generaciones bajo el mismo techo.

La noticia, es decir, lo notable, son dos detalles: uno, que la escalera del edificio fue lo que colapsó, y solo de manera parcial, del piso tercero hacia abajo. De esa manera, quedaron atrapados los vecinos del tercero hacia arriba. Pero del quinto al sexto piso la escalera se despegó de la pared; la evacuación debía hacerse a partir de tal altura. Entonces, el segundo detalle notorio: con la escalera de los bomberos en las ventanas, la gente no quería salir de un edificio que tal vez podía venirse abajo.

Para un espectador no buñueliano, no cubano, la sorpresa podría ser doble: las escaleras suelen ser una parte resistente de los edificios, al extremo de recomendarlas como refugios para bombardeos y terremotos. Uno: ¿cómo pudo colapsar una parte y no toda la estructura? Dos: ¿cómo un ser humano prefiere ser sepultado por un derrumbe antes de abandonar una simple habitación?

La primera incógnita es relativamente fácil de explicar. La parte de la ciudad donde se produce el hecho lleva construida entre 80 y 120 años. La expansión de La Habana extramuros se aceleró a finales de la Colonia. Las obras que flanquean el Paseo del Prado son portentos de fina y ecléctica arquitectura en la bisagra temporal del XIX y las primeras décadas del siglo XX. La explosión constructiva hizo emplear materiales disponibles en la época, algunos hoy poco recomendados. Pero con un mantenimiento oportuno, los inmuebles hubieran resistido el clima húmedo y salitroso del Caribe.

Los vecinos han dicho que el edificio de diez pisos llevaba años sin elevador. Es de suponer que la escalera aguantó durante mucho tiempo personas y animales de todo tipo, escaparates, bicicletas, mudanzas, peleas, chismes, vigilantes y cuanta cosa fuera preciso subir y bajar. No pudo más y dijo hasta aquí. Lo hizo a la usanza de una antigua dama habanera: por pedazos.

Y de esa forma tenemos la segunda escena buñueliana: las personas atrapadas en los pisos superiores no querían ser salvadas, se negaban a salir del edificio. Gritaban desde las ventanas que se iban a quedar allí. La explicación, esta vez, es un poco más compleja.

Al no haber un fondo habitacional para cubrir las necesidades, cada vez mayores por los desmoronamientos de estructuras frágiles, y la sobrepoblación en las ciudades, las familias permanecen años en moteles convertidos en albergues, donde el hacinamiento y otros asuntos mundanos amenazan la salud mental y física de quienes los habitan. Los moteles, conocidos en Cuba como posadas, eran lugares donde las parejas furtivas y también las hacinadas tenían relaciones íntimas.

Un amigo me dijo un día que al quitarles a los cubanos las posadas, era el régimen quien iba a colapsar. Pero parece que el vaticinio no se cumplió. Otros lugares menos ocultos habrán encontrado las parejas cubanas para intimar. Ya apenas posadas quedan en La Habana. ¡Un réquiem por la famosa 11 y 24 del Vedado, cuyas paredes tantas cosas ocultaron!

Los atrapados en el edificio saben muy bien, al contrario de los opulentos mexicanos, lo que les espera cuando bajen por la escalera de los bomberos. Lo mejor que les pudiera pasar es ser integrados al nuevo plan de terminar casas a medio hacer que por miles se pudren por la toda la Isla. Un proceso que parece una concesión humanitaria y al final es, simplemente, admitir que el Estado y la centralización de la economía son incapaces de satisfacer las necesidades cada vez más crecientes de la sociedad.

A esos inquilinos de los pisos superiores la escalera de los rescatadores les da miedo. No pueden atravesar la ventana. Prefieren morir sepultados por el pasado en ese añoso edificio a un invivible futuro prometido. No le hará falta, como a Buñuel, pasar un enorme oso negro frente al inmueble para engañar al público. Ellos saben bien quién es el Ángel Exterminador.

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