El Alto Costo del negocio de las remesas hacia África y Cuba

Origen: El lucrativo negocio de las remesas hacia África | Blog 3500 Millones | EL PAÍS

En la era de la banca móvil, la globalización financiera y los rápidos cambios tecnológicos, el coste de enviar dinero de los países ricos a los pobres debe estar cayendo a plomo, ¿no? Pues no. Cuando los inmigrantes de África envían remesas desde países como España a sus familiares y amigos de casa, se enfrentan a los costes más altos de transferencia de dinero de todo el mundo, y no parece que esto vaya a cambiar.

Las remesas constituyen un salvavidas financiero en buena parte de África. Con ellas se costean gastos esenciales como la educación, la salud, la nutrición o los pequeños negocios. Cuando Somalia sufrió el impacto de una devastadora sequía en 2009, las remesas salvaron miles de vidas mientras la comunidad humanitaria internacional perdía el tiempo. A diferencia de la ayuda, que procede de los contribuyentes y va destinada a los gobiernos, las remesas son costeadas por inmigrantes que han trabajado duro para obtenerlas y van directamente al bolsillo de los destinatarios. Ayudan a la gente a ser más independientes y a escapar de la pobreza.

Todo esto hace poco defendibles los gastos en el envío de remesas que se ven obligados a pagar los inmigrantes. Como media, un africano debe pagar un 12 por ciento para enviar a casa 200 dólares, casi el doble de lo que costaría un envío nacional. El G8 prometió en 2008 rebajar los costes globales del envío de remesas al 5 por ciento: desde entonces, los costes para África se han elevado.

Si quiere hacerse una idea del mundo en el que viven los inmigrantes que intentan ayudar a sus familias, dese una vuelta por la oficina más cercana de Western Union o MoneyGram. Hoy mismo, una enfermera de Sierra Leona que envíe dinero a casa para pagar la educación de su hija, hermano o hermana deberá abonar a MoneyGram un 16 por ciento. Un trabajador etíope de la construcción pagará a Western Union una tasa similar.

En un informe titulado Lost in intermediation –que publiqué el mes pasado junto con María Quattri- estimábamos las pérdidas en las que incurren los africanos como consecuencia de este “súper-impuesto” a las remesas. El total está alrededor de los 1.800 millones de dólares anuales. Para expresarlo en términos menos monetarios, esta cifra sería suficiente para escolarizar a 14 millones de niños o facilitar agua potable para 21 millones de personas.

¿Quién se beneficia entonces del sistema actual? A los accionistas de Western Union y MoneyGram les va de maravilla. Entre las dos compañías copan algo así como dos tercios del total del mercado de transferencias de remesas a África. Ambas aplican abultados porcentajes únicos sobre cada remesa, a los que añaden (por lo general sin declararlo) un recargo en forma de tipos de cambio no favorables. Cuando una compañía es capaz de generar márgenes del 20 ciento sobre lo que esencialmente constituye un apunte contable electrónico –que es exactamente lo que hacen MoneyGram y Western Union-, algo funciona mal en el mercado.

Lo que sí está yendo mal en el mercado de las remesas es la falta de competencia. Las regulaciones financieras de África normalmente exigen que las operaciones de remesas se realicen a través de bancos. Esto resulta dañino por dos razones: primero, los bancos africanos combinan un alcance limitado con unos costes de estructura notoriamente altos. Segundo, Western Union y MoneyGram han negociado “acuerdos de exclusividad”. Estos acuerdos prohíben a sus socios comerciales y agentes del sector bancario trabajar con los competidores, lo que consolida su posición dominante.

El sistema actual puede ser bueno para Western Union y MoneyGram, pero es malo para millones de africanos. Las remesas deben formar parte de las prioridades en la agenda del desarrollo internacional. Los gobiernos de los países ricos deben actuar con urgencia para revisar las prácticas de los operadores de transferencia de dinero con el objetivo de proteger los intereses de los consumidores. Una prioridad inmediata es incrementar la transparencia en los cargos por cambios en la moneda extranjera.

Los gobiernos africanos también tienen un papel que jugar. Las autoridades de los bancos centrales de varios países –incluyendo Nigeria, Senegal y Túnez- han creado normas en contra de los acuerdos de exclusividad entre los bancos y los operadores de transferencia de dinero. Las autoridades de la competencia en Gambia han encontrado a “los dos grandes” culpables de una falta de restricción de las prácticas empresariales. Aún así, demasiado a menudo la legislación es parcial y se aplica de manera defectuosa. Más aún, los gobiernos africanos han sido reacios a desmantelar el entramado de los bancos comerciales sobre las remesas, en parte porque estos mismos bancos financian la deuda del gobierno y en parte porque en algunos casos llenan los bolsillos que sostienen poderosos intereses.

La inmigración es un asunto polémico. Pero, con independencia de lo que uno piense sobre ella, deberíamos ver los costes en los que incurren los africanos a la hora de enviar dinero a casa como un triunfo indefendible de los estrechos intereses privados sobre el interés público más amplio de promover el desarrollo autónomo y la reducción de la pobreza.

 

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