Opositores o disidentes, ¿esa es la cuestión?

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Opositores o disidentes, ¿esa es la cuestión?

Francisco Almagro Domínguez

José Luis García Pérez, ‘Antúnez’. (MAR POR CUBA)

Si usted tuviera un patio con gallinas y patos, ¿a quién daría primero de comer? Unos dirán a los patos, y dirán sus razones. Otros que a las gallinas, y argumentos de más. Y están para quienes da lo mismo, porque son aves de corral similares. Esta es una vieja historia didáctica para enseñar la llamada “ilusión de alternativas”; que ante un hecho nimio, intrascendente como puede ser darle de comer a los animales, se puede crear la fantasía de las diferencias. Se podría decir, también, que ilusión al fin, nada práctico trae consigo. Sin embargo, crear alternativas puede ser un primer e importante paso para acabar con la inacción, el tedio, el conformismo.  Solo cuando el ser humano encuentra un camino alterno puede seguir adelante.

José Luis García Pérez, “Antúnez”, acaba de hacer una declaración en la televisión de Miami que encierra una interesante reflexión sobre la oposición cubana y su futuro. Ha dicho Antúnez que una cosa es ser disidente y otra opositor. Ha creado la ilusión de alternativas: disidir y oponerse son dos situaciones distintas. Para el exprisionero político por 17 largos años, disidente es aquel que quiere cambios dentro del gobierno vigente; un opositor, quien lucha por un cambio de ese gobierno.

De tal manera, se podría pensar que el disidente es un opositor en ciernes, un “proto-opositor”. En cierta manera, la Real Academia de la Lengua (RAE) da la razón a Antúnez cuando enuncia que disidir es separarse de la común doctrina, de la creencia o conducta. Del mismo modo, opositor para la RAE es quien hace la “acción y efecto de oponerse”, o sea, presupone una participación activa en contra de alguien o de algo.

¿A dónde nos lleva esta disquisición que pudiera parecer bizantina, sin sentido? Como parece inferir García Pérez, la ideología comunista está en franco declive por su miseria teórica y la falta de respuestas prácticas para adaptarse al mundo de hoy día. Después de haber hecho una trasmutación ideológica satisfactoria hilvanando nacionalismo, estalinismo y altas dosis de culto al líder a principios del milenio, los tanques pensantes del régimen no pasan de ser hoy blogueros a la riposta, antiguos cadáveres políticos y académicos resurrectos por obra y gracia de la necesidad de sobrevivencia política.

Parecen lejanos  los días en que los centros de investigación dedicados a América, EEUU, Europa, a la Economía Mundial, a la Filosofía y otras ciencias sociales presentaban trabajos errados en su consecución práctica, pero teórica y científicamente eran dignos de lecturas mínimas. La academia comunista cubana “producía” pensamiento, aunque fuera soso, impracticable. Ahora, como el azúcar, nada. Hoy esos mismos centros, casi todos adscritos al Comité Central del Partido, están plagados de “disidentes”; individuos que no caminan vestidos de blanco con una flor por la Quinta Avenida, sino peor: andan los pasillos y las oficinas del Gobierno con ropas traídas de Miami, informes que nada dicen, y la conocida careta de falsas lealtades. Ellos, más que nadie, son los verdaderos disidentes. Están en La Habana. No en Miami ni en Madrid.

Porque, ¿a quién podríamos llamar opositor? ¿A Dagoberto Valdés, un católico cuyo carisma personal creó Vitral, uno de los proyectos culturales más interesantes e inclusivos, y que jamás se ha declarado en “acción” contra el Gobierno?; ¿El padre José Conrado, un sacerdote contrario a todos los “reinos de este mundo” pero visceralmente opuesto a la violencia? ¿Eran opositoras las Damas de Blanco primeras? Conocidas desde sus inicios por quien escribe, miembro comprometido de la comunidad católica de Santa Rita, comenzaron siendo un grupo de mujeres e hijas de presos políticos; sentadas  al final de la iglesia con sus ropas blancas, y lideradas por esa maestra de amor que era Laura Pollán, caminaban en silencio por las aceras de Miramar, sin más.  Los mencionados, católicos todos, ¿son disidentes u opositores? ¿Para quién? ¿Para la Iglesia, o para el régimen? ¿Para ambos?

Habría todavía una pregunta más sugestiva: ¿cómo se llega a la categoría de opositor? Convertirse en disidente parece muy claro: frustración. Basta un minuto en la vida para darse cuenta de estar siendo engañado, y como un castillo de naipes, todo se viene abajo. Por lo menos el “alma” nunca más le pertenece al otro. Pero, estar en contra, en “acción”, es otra cosa.

Por ejemplo, la llamada “oposición leal”, ¿dónde está su actividad para cambiar el estatus quo? Pudiera llamarse disidencia leal ya que la plataforma Cuba Posible da cabida a todo tipo de ideas menos las de franca oposición, y en un malabarismo semántico que pocos comprenden, deja que “disidentes” y “proto-disidentes” se expresen. A tal punto Cuba Posible molesta, o al menos eso parece, que ha sido ácidamente criticada en la Isla por uno de los peores francotiradores mediáticos del régimen.

¿Es la disidencia de Manuel Cuesta Morua, quien se autodefine socialista, una oposición liberal por su hacer fuera y dentro de la Isla? ¿Cuál es la diferencia con Dimas Castellanos, opositor pacífico menos conocido y de igual manera en una época luchador por mejoras dentro de un socialismo humano, coherente, nacionalista?  Por último, los cubanos que estamos fuera de la Isla —casi tres millones—, por las razones que sean, ¿somos opositores anónimos o disidentes conocidos?

El régimen cubano debería tener en cuenta que, entre los llamados disidentes y opositores fuera y dentro de la Isla, hay una mayoría abrumadora. Ya no tienen el apoyo del soberano, aunque este no pueda expresarse. Y aunque no todos quieren el cambio de la misma manera, todos quieren lo mismo. Somos del mismo “patio”. Y tarde o temprano habrá que alimentar a todos por igual. Para el régimen, esa es la única alternativa que le queda ante la Historia.

 

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