Otros países cierran sus puertas a los inmigrantes pero Canadá las abre

Origen: Otros países cierran sus puertas a los inmigrantes pero Canadá las abre

Canadá, la décima economía mundial, prevé aceptar este año a 25.000 refugiados de cualquier nacionalidad como parte de los 300.000 extranjeros a los que planea otorgar la residencia permanente, lo que permite acceder a sanidad pública. Es una cifra algo superior a los años previos. La mayoría son inmigrantes seleccionados por motivos económicos mediante un sistema de puntuación.

Según la OCDE, los inmigrantes suponen desde 2000 el 31% del aumento de trabajadores altamente cualificados en Canadá, por delante del 21% de EE UU y el 14% de Europa. En Toronto, una de las ciudades más multiculturales del mundo, la mitad de la población ha nacido en el extranjero y se hablan unos 140 idiomas o dialectos.

Andrew Griffith, que fue director general de Multiculturalidad del Gobierno entre 2007 y 2011, atribuye la apertura canadiense al hecho de ser un país construido por inmigrantes. También lo es EE UU, pero señala una diferencia: Canadá no tiene una “identidad unificada” por la confluencia de las culturas anglosajona y francófona, lo que le ha obligado a buscar acomodos.

“Los canadienses tienen una gran confianza en la inmigración y menos miedo”, dice Griffith. Y destaca cómo los indicadores de participación electoral o educativa tienden a converger entre nativos e inmigrantes. Las encuestas muestran una alta aprobación a la llegada de extranjeros y estos declaran mayoritariamente sentirse canadienses.

Sombras en el modelo

Pero también hay grietas en el país que puede parecer un paraíso para emigrar. Crecen en los sondeos los que piden que el inmigrante se asimile. Los delitos motivados por prejuicios religiosos contra musulmanes se duplicaron entre 2012 y 2014. Aunque ha disminuido el porcentaje, un 65% de los refugiados sigue recibiendo ayudas públicas al año de su llegada. Y el número de inmigrantes que solicitan la ciudadanía se redujo a la mitad (56.000) entre 2015 y 2016 fruto, según los expertos, de una subida de las tasas.

“La principal dificultad es el idioma”, dice Mirakian, el responsable del centro armenio, que conoce a gente que no se ha adaptado, sobre todo mayores. Pero asegura que, en general, la mayoría consigue un empleo en uno o dos meses.

El refugiado Garabedian admite dificultades por las diferencias culturales, alimentarias o de transporte. Pero pocas. Casi todo es optimismo en él. Asegura que la gratitud de los canadienses le ha ayudado a integrarse. También el aprendizaje de la guerra siria: tras ver demasiadas muertes y acostumbrarse a usar la nevera de armario como remedio a meses sin luz. También sin agua o calefacción.

La historia de Garabedian escapa del estereotipo que uno puede tener del refugiado que llega con lo puesto a otro país tras un éxodo dramático. En Alepo, cuenta, él y su mujer se ganaban muy bien la vida como médicos. Iban de vacaciones a Europa. A principios de 2015, se mudaron a Beirut tras ser amenazados de muerte por grupos yihadistas. Allí, alquilaron un apartamento. Y en Toronto, se han pagado con sus ahorros su primer año, renunciando a las ayudas privadas que les correspondían. Él acaba de encontrar un trabajo en una aseguradora. “He venido para quedarme”, proclama.

 

 

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