El castrismo en la era Trump | ¿Colgaditos de la brocha?

La victoria sorpresiva e incontestable de Donald Trump en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre ha roto los esquemas de mucha gente. En particular, de quienes estaban seguros de que habría cuatro años más —o incluso ocho— de dominio demócrata en la Casa Blanca.

Origen: El castrismo en la era Trump | Diario de Cuba

 

El castrismo en la era Trump

El presidente electo de EEUU, Donald Trump, durante una visita en campaña a la sede de los veteranos de Bahía de Cochinos, en Miami. (THE REAL CUBA)

La victoria sorpresiva e incontestable de Donald Trump en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre ha roto los esquemas de mucha gente. En particular, de quienes estaban seguros de que habría cuatro años más —o incluso ocho— de dominio demócrata en la Casa Blanca.

El Gobierno de Cuba ha sido uno de los que se ha quedado descolocado con el resultado de la votación. También allí hacían cábalas sobre la continuidad de la distensión iniciada por el presidente Obama, el posible levantamiento del embargo comercial y el eventual acceso al Fondo Monetario y el Banco Mundial. A la vista de los descalabros sufridos por la izquierda antiyanki en Argentina y Brasil, y de las sombrías perspectivas del castrochavismo en Venezuela, la continuidad y ampliación de las concesiones unilaterales que venía otorgando Washington al régimen de La Habana adquirían cada vez más importancia.

No se sabe con precisión cuál será la política del presidente electo con respecto a Cuba. Entre otras cosas, porque habida cuenta del cúmulo de problemas internacionales que EEUU afronta en la actualidad, la Isla debe de ocupar el puesto 189 en la lista de prioridades, entre la escasez de vacunas en Malawi y el agujero de la capa de ozono. En todo caso, cabe suponer que, llegado el momento de examinar el asunto, el nuevo Gobierno no se limitará a prolongar la política de regalos sin contrapartida que ha venido aplicando el gabinete demócrata, aunque quizá tampoco le interese interrumpirla totalmente.

Para marcar la diferencia con su antecesor, Trump probablemente elegirá una solución intermedia, es decir, no la vuelta al statu quo ante, sino una estrategia de ofrecer nuevas concesiones a cambio de medidas concretas de liberalización por la parte cubana, tanto en el ámbito económico como en materia de política y derechos humanos. El viejo método del palo y la zanahoria, que hasta ahora Obama, magnánimo en verduras y un tanto alérgico al uso del garrote, había aplicado a medias. Trump, en cambio, parece más devoto de Teddy Roosevelt que de la Madre Teresa de Calcuta.

Tras dos años de concesiones unilaterales, la estrategia negociadora de los jerarcas de La Habana ha quedado de manifiesto: aprovechar todo lo que Washington quiera darles y, a cambio, otorgar algunas medidas de liberalización simbólicas, casi todas limitadas al sector económico. A partir del 20 de enero próximo, los términos del intercambio seguramente se modificarán y comenzará un auténtico toma y daca, mucho más incómodo para el tardocastrismo. No solo porque podría variar el grado de exigencia de EEUU, sino porque a partir de ahora y al menos durante dos años los republicanos dominarán la presidencia y las dos cámaras del Congreso lo que, en ausencia de reciprocidad por  parte de Cuba, hace menos probable la atenuación del semiembargo comercial.

Pero, al margen de las medidas dirigidas específicamente a La Habana que el Gobierno republicano podría (o no) adoptar, Trump parece decidido a tomar cartas en otros asuntos más generales, que también podrían acarrear repercusiones considerables para la Isla. El más importante de todos es la política migratoria.

Cualquier decisión del nuevo Gobierno que restrinja la entrada de cubanos o suprima sus privilegios migratorios, afectará al negocio castrista de exportación de mano de obra dócil y chantajeable, que genera remesas y nutre el turismo de la Isla. En el último decenio, el régimen cubano ha permitido la salida de más de medio millón de emigrantes, en su mayoría personas en edad laboral que han dejado atrás a miembros de su familia. Para el Gobierno de La Habana, esos “migrantes económicos” son una fuente inagotable de ingresos, mediante las remesas que al poco tiempo comienzan a enviar a los parientes que quedaron en Cuba —genuinos rehenes del sistema— y las visitas turísticas “de la comunidad cubana en el exterior”, según la orwelliana denominación oficial. Y como esos viajes dependen de la benevolencia de las autoridades cubanas que otorgan los visados de regreso, los nuevos emigrantes no suelen asumir posturas críticas hacia el sistema que los explota ni participar en actividades políticas que puedan irritar a los jerarcas del partido único.

Además, este esquema de migración subordinada a los designios del régimen sirve de válvula de escape al descontento que la política castrista genera entre los súbditos más jóvenes. Cuando la disyuntiva consiste en oponerse al Gobierno o emigrar, la inmensa mayoría opta por salir del país. Y muchos de ellos, a pesar de no sentir ninguna simpatía por el comunismo, terminan luego atrapados en el ciclo de remesas-visitas-silencio.

La reforma migratoria de Trump podría causar también otras víctimas colaterales. Bajo el manto del “intercambio cultural” numerosos corifeos del castrismo acuden a EEUU a desplegar su talento artístico o buscarse la pitanza en las universidades que les extienden jugosos contratos. Aunque menos provechosas desde el punto de vista económico, estas salidas constituyen una actividad propagandística a la que las autoridades cubanas atribuyen gran importancia y que les permite recompensar indirectamente a músicos, bailarines, actores e intelectuales orgánicos que permanecen fieles al régimen.

Ninguno de estos cambios, por sí solo, va a generar presión suficiente para que Raúl Castro y sus generales octogenarios salgan de su enroque y acepten la necesidad de realizar modificaciones sustanciales en la estructura que acogota a la sociedad cubana. Pero todos juntos, unidos a la senectud de la dirigencia “revolucionaria” y al agotamiento de la ideología comunista en el mundo entero, bien podrían obrar en favor de una apertura de sentido democrático. En nuestra época, el cambio social siempre ha sobrevenido como consecuencia del cambio de mentalidad, nunca antes.

La creencia de que la humanidad evoluciona en sentido unívoco y que los “progres” tienen la clave de ese desarrollo no es más que una de las tantas supersticiones de la modernidad. Los votantes estadounidenses demostraron el martes que es un grave error dejarle al adversario la certidumbre de una complicidad con la Historia. Los cubanos deberíamos tomar nota.

 

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