Militares empresarios, ¿el destino de Cuba y de Venezuela? | Miriam Celaya

Castro II implementó entre generales y coroneles un sistema de lealtades al poder político sin precedentes en la Isla

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Militares empresarios, ¿el destino de Cuba?

Castro II implementó entre generales y coroneles un sistema de lealtades al poder político sin precedentes en la Isla

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De frente, el actual Ministro de las FAR Leopoldo Cintra Frías (izq) y su predecesor, el fallecido Julio Casas Regueiro (der)

De frente, el actual Ministro de las FAR Leopoldo Cintra Frías (izq) y su predecesor, el fallecido Julio Casas Regueiro (der)

LA HABANA, Cuba.- No se puede negar que, en cierto sentido, el General-Presidente cubano es un hombre práctico. Por ejemplo, mientras su hermano mayor compraba las fidelidades de sus subalternos en base al otorgamiento de algunas fugaces dádivas o de títulos honoríficos y medallas –o sea, privilegiaba los “estímulos morales” por sobre los bienes materiales, en especial cuando se trataba de premiar a dirigentes intermedios o de poca monta–, para Castro II los estímulos para comprar fieles han de ser más redituables.

Y por supuesto, los mayores acólitos del General se encuentran entre los militares de alto rango, sobrevenidos empresarios gracias al reparto del ‘pastel Cuba’, en los años 90’, cuando la etapa del “desmerengamiento soviético” hizo aterrizar de sus delirios de macro planes fallidos al Magno Orate al cancelar los subsidios e implantar en la Isla una era de carencias hasta ahora no superada, por lo cual el capital extranjero –no estadounidense, por supuesto– tuvo luz verde para penetrar la Isla y comenzar a expandirse en sociedad con ‘empresas estatales cubanas’, bajo el control del generalato vernáculo.

Las empresas turísticas Gaviota, Gran Caribe, Cubanacán, Islazul, Horizontes, y otros nichos relacionados con el comercio y las divisas, como Palco, GAE S.A., la llamada Zona Franca de Berroa, las tiendas recaudadoras de divisas, el monopolio de las comunicaciones y otras entidades representativas de lo más próspero dentro de la ruina general cubana, tienen la impronta militar. Solo que los altos ejecutivos han sustituido las chaquetas de color verde olivo y las estrelladas charreteras por cómodas e inmaculadas guayaberas, se acicalan y se hacen la manicura. Sus manos ya no sostienen armas, sino copas, para brindar con los inversores foráneos devenidos ‘socios’, que hasta finales de los 80’ habían sido el detritus de la especie humana y declarados enemigos de clase: los mercaderes capitalistas.

Hoy es un secreto a voces que Castro II implementó entre los militares de mayor rango un sistema de lealtades al poder político sin precedentes en la Isla, en virtud del cual todo el poder económico se ha estado concentrando en manos de un estamento militar que se ha convertido en elite empresarial, y como tal, una casta de privilegiados que cada vez toman mayor distancia de la realidad del cubano común y de la ideología que juraron defender. Una meritocracia revolucionaria que se afianzó con mayor fuerza desde que en 1989 se destapara el escándalo de narcotráfico y otros delitos que llevó a una controversial purga contra importantes oficiales del Ministerio del Interior y las FAR, encabezados por el muy célebre General Arnaldo Ochoa, fusilado junto al alto oficial del MININT, Antonio (Tony) de la Guardia por el delito imperdonable de traición a la Patria, es decir, a Fidel Castro.

Una vez que se acallaron los fusiles del paredón donde escarmentaron con cuatro cadáveres cualquier futuro amago de sedición, y tras aplicar un férreo “plan pijama” que pasó a retiro a centenares de oficiales y agentes de menor graduación para barrer con cualquier posible elemento contaminado con la influencia Ochoa-La Guardia, el General de Ejército Raúl Castro, ya sin rivales de consideración, tuvo el camino expedito para convertir a sus acólitos de la alta oficialidad de las FAR en cómplices y beneficiarios incuestionables de un plan económico sin precedentes en Cuba: la creación de una suerte de “complejo militar industrial” basado, no en la producción y comercio de armas, sino en la explotación del turismo y el comercio de los principales rubros de la economía del país –como el níquel, el azúcar y otros– colocando en los puestos clave a los oficiales retirados cuya principal carta de presentación sería la fidelidad al régimen.

En lo sucesivo los elegidos de la clase castrense olvidarían rápidamente los principios marxistas inculcados en las academias militares para asumir con la mejor disposición los avatares de la economía de mercado.

Héctor, el coronel-empresario

Según Héctor, un coronel cercano a los 60 años, retirado del servicio activo hace relativamente poco tiempo, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) han sido “lo mejor de su vida”, y no existen razones para dudar de su sinceridad. Iniciado desde muy joven en el ejército, cuando fue llamado a las filas para cumplir el Servicio Militar, decidió “jurar bandera” por cinco años, atendiendo a que aquella elección le daría oportunidades de estudios que, de otra forma y debido a su mediocre expediente estudiantil, no alcanzaría.

Y así fue. En las filas del ejército Héctor no solo demostró disciplina y carácter, sino que aprovechó a conciencia la mejor ocasión que se le ofreció de continuar estudios en una academia militar, tras su dura experiencia de dos años en la guerra de Angola. Resultó que, después de todo, a este joven militar no le faltaba inteligencia, así que no solo se especializó en materia de telecomunicaciones sino que, además, ya como oficial de las FAR estudió y se graduó como Licenciado en Historia de Cuba a través de un curso para trabajadores, en la Universidad de La Habana.

Y después vinieron más misiones lejos de la familia, y también llegaron las prebendas y estímulos propios de los elegidos de la casta guerrera. Y así obtuvo vivienda, automóvil, muebles, electrodomésticos, varios “viajes de estímulo” al extranjero, acompañado de su esposa, computadora y vacaciones familiares gratuitas cada año en los mejores balnearios de Cuba, con todos los gastos pagados. Incluso, Héctor dispone de conexión doméstica a Internet, una quimera imposible para todos los infelices que se amontonan a la intemperie en los espacios habilitados para precarias y costosas conexiones por wifi, con la ilusión de ver un pedacito del mundo real que vibra más allá de los arrecifes que rodean la Isla.

Nadie sabe muy bien en su comunidad cuál era la función que cumplía Héctor como militar. Es un hombre serio, respetuoso y callado, envuelto en ese halo misterioso que rodea a quienes se desempeñan en actividades secretas o semi-secretas, y tampoco era visto con mucha frecuencia. Las comadres al frente de los cotilleos del barrio hacían gestos de complicidad cuando pasaba ágilmente frente a ellas dejando un leve saludo y el fugaz brillo de las tres estrellas doradas de sus impecables charreteras.

Pero desde hace un tiempo a Héctor dejó de vérsele en uniforme militar. Ahora suele vestir ropas de civil, a veces informales, casi juveniles. Otras veces se le ve entrar a su automóvil –que siempre conduce él mismo– con elegantes camisas de mangas largas y saco al brazo. Ahora es un “gerente” y trabaja “en una firma”. Pero le está costando.

Sucede que hasta ahora en la vida de Héctor todo era relativamente fácil. Era el jefe de su departamento en una unidad militar especial y todo un perito, versado en tecnología de comunicaciones. Era, por así decirlo, “cabeza de león”, y los beneficios materiales que le asignaban debido a su rango y responsabilidad llegaban por su propio peso, casi por gravedad. Recibir e impartir órdenes era pan comido para él, desempeñándose en un cargo técnico, sin una demanda intelectual extra.

Sin embargo, desde que se licenció de las FAR y pasó a la vida civil su perfil ocupacional cambió dramáticamente, y está exigiendo ese extra de capacidades académicas que ya Héctor no se siente en condiciones de rendir. Para empezar, no logra aprender el idioma inglés, que es requisito indispensable en su nuevo puesto laboral. Pero lo más difícil para él son las fórmulas económicas que forzosamente tiene que dominar para que lo evalúen como “capacitado para su cargo”.

“Esto no es lo mío”, admite Héctor, quien nunca tuvo aspiraciones empresariales. “Pero, por otra parte, dónde voy a ganar yo el dinero que gano en la firma. Tengo que asumir esto como si fuera una orden militar: lo hago… O lo hago. No tengo alternativas”.

Y mientras el exmilitar Héctor, ya casi sexagenario, rememora sus tiempos felices como militar y desgrana sus tribulaciones como neo-empresario neófito que ha llegado demasiado tarde a la competencia empresarial desde un perfil ocupacional totalmente opuesto, miles de jóvenes talentosos, carentes de esa u otra oportunidad de prosperar, sueñan con partir de la Isla.

Pobre país este, regido por toda una casta que, además de controlar el poder del ejército y de las armas, maneja también a su antojo, y en exclusiva, ese otro poder, quizás más vigoroso, el de las finanzas.

Miriam Celaya

Miriam Celaya

Miriam Celaya (La Habana, Cuba 9 de octubre de 1959). Graduada de Historia del Arte, trabajó durante casi dos décadas en el Departamento de Arqueología de la Academia de Ciencias de Cuba. Además, ha sido profesora de literatura y español. Miriam Celaya, seudónimo: Eva, es una habanera de la Isla, perteneciente a una generación que ha vivido debatiéndose entre la desilusión y la esperanza y cuyos miembros alcanzaron la mayoría de edad en el controvertido año 1980. Ha publicado colaboraciones en el espacio Encuentro en la Red, para el cual creó el seudónimo. En julio de 2008, Eva asumió públicamente su verdadera identidad. Es autora del Blog Sin Evasión