Y por el Moncada comenzó la carrera de mentiras de Fidel Castro aquel 26 de julio de 1953

Como parte de una acción armada para derrocar a Fulgencio Batista, los asaltos del 26 de julio de 1953 a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, por jóvenes del Partido Ortodoxo al mando del entonces abogado Fidel Castro, fueron rápidamente sofocados aunque marcaron un punto de giro histórico: el nacimiento de la revolución cubana de 1959.

Origen: Cosas que creías saber sobre el asalto al Moncada y de las que en realidad no tenías ni idea – CiberCuba

 

Como parte de una acción armada para derrocar a Fulgencio Batista, los asaltos del 26 de julio de 1953 a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, por jóvenes del Partido Ortodoxo al mando del entonces abogado Fidel Castro, fueron rápidamente sofocados aunque marcaron un punto de giro histórico: el nacimiento de la revolución cubana de 1959.

Resulta difícil ser cubano y no conocer algo sobre este hecho, al punto de que ese conocimiento a menudo ha derivado en lugares comunes y mitos populares que duran hasta hoy. Aquí abordaremos brevemente algunos de estos contrastándolos con datos que aporta el historiador Antonio Rafael de la Cova sobre estos hechos y que figuran en su totalidad en The Moncada Attack: Birth of the Cuban Revolution (2007).

Mito: Fidel Castro terminó su alegato de autodefensa en el juicio oral por los sucesos del 26 de julio con la frase “La Historia me absolverá”. Muchos afirman que esta frase la copió del Mein Kampf de Hitler.

Realidad: la frase que Fidel dijo literalmente en el juicio fue “La historia, definitivamente, lo dirá todo.”. “La Historia me absolverá” solo figura en la versión escrita, editada y pulida por Fidel de dicho alegato durante su estancia en el presidio Modelo de Isla de Pinos. Igualmente, Adolf Hitler, en su alegato de defensa ante el tribunal que lo sentenció a prisión por el asalto en 1923 al Ministerio de Guerra en Munich, utilizó una personificación de la Historia como absolutoria que incluiría luego en su libro Mi Lucha, redactado desde la propia cárcel de Landsberg. Si bien el parecido entre ambas frases es muy razonable, la de Fidel nunca se trató de una cita literal.

Mito: según La historia me absolverá, los asaltantes prisioneros fueron torturados con mutilaciones, y a Haydée Santamaría le quemaron los brazos con hierros calientes.

Realidad: no hubo necesidad de torturas pues los capturados no se resistieron a revelar sus motivaciones, identidades y la de su líder. Tampoco durante el juicio a los asaltantes, donde los abogados defensores ejercieron su trabajo sin impedimentos, se dijo que hubiera torturas. El coronel Alberto del Río Chaviano ordenó ejecutar en el campo de tiro de armas cortas del cuartel a unos treinta asaltantes capturados, y diseminar sus cadáveres por el cuartel para hacer parecer que murieron en el intercambio de disparos. Los 47 informes de defunción que redactaron los médicos forenses certifican dichas ejecuciones pero no torturas ni desmembramientos. El director de la funeraria que recogió los cadáveres tampoco vio señales de tortura.

Haydée Santamaría fue quien más propagó la versión de la tortura de los presos y de la emasculación de su novio. Fuera del juicio llegó a decir que le habían extirpado los ojos a su hermano y que luego le habían mostrado un ojo a ella para sacarles dónde estaba Fidel, pero que ni ella ni Abel hablaron. Sin embargo, cuando testificó sin coacción en el juicio, no hizo tal denuncia ni la repitió en sus memorias sobre el Moncada. Si bien en la quinta sesión del juicio Haydee alegó que hubo golpes y torturas, admitió que no había sido testigo presencial de estas y tampoco habló nada de su hermano Abel. Nunca se ha visto la foto necrológica de Abel.

Mito: la conjunción de factores imprevistos y la casualidad impidieron el triunfo del asalto.

Realidad: el descuido y una pésima preparación y ejecución de los planes de ataque explican el fracaso de la acción. Los asaltantes, por ejemplo, ignoraban que la vigilancia del perímetro del Moncada se reforzaba durante los carnavales entre 6 de la tarde y 6 de la mañana, y que en ese mismo horario se prohibía el acceso al cuartel por otro lugar que no fuera la entrada principal. La caravana de autos de los asaltantes se dirigió hacia la entrada secundaria por la posta 3. El fracaso del simultáneo asalto al cuartel de Bayamo se debió al liderato de Ñico López, un simple peón del mercado de La Habana que entorpeció el ataque al no llevar, por olvido, un alicate que se le asignó para cortar la cerca de alambre de púas.

Mito: un motivo del fracaso del asalto fue el extravío de casi un tercio de los asaltantes en la caravana de coches. Ernesto Tizol enrumbó por Avenida Las Américas hacia Alturas de Quintero, en vez de continuar por la avenida Victoriano Garzón. Otros autos le siguieron.

Realidad: Ernesto Tizol no equivocó la ruta sino que desertó en mitad del plan. Aparte de haber manejado otras veces por Santiago, sabía muy bien cómo llegar al Moncada. Su desvío fue intencionado; no es plausible que se quedaran dando vueltas y más vueltas por Santiago.

Mito: Raúl Castro lideró el grupo de asalto al edificio del Palacio de Justicia.

Realidad: Raúl Castro solo va a Santiago de Cuba invitado por José Luís Tasende sin saber nada del plan. Fidel se sorprende al ver a su hermano en la granjita Siboney horas antes del ataque, y lo asigna entonces al grupo de menor riesgo dirigido por Léster Rodríguez y encargado de tomar el edificio del Palacio de Justicia, colindante al Moncada. La altura del muro de contención en el techo de la audiencia no les permitió a los asaltantes disparar hacia el cuartel. Por eso, cuando Raúl Castro es detenido, la prueba de parafina que le hicieron para comprobar si había disparado un arma resultó negativa.

Mito: Fidel Castro, pese a empuñar un arma durante el asalto (unas versiones dicen que una pistola Luger y otras una escopeta calibre 22), no disparó un solo tiro.

Realidad: Fidel se pasó los veinte minutos que duró el combate tratando de reagrupar a los asaltantes dispersos por los patios de las casas del reparto militar y que por error habían penetrado en el hospital militar fuera del cuartel. El dato irrebatible es que, después de ser detenido y llevado a la prisión de Boniato, Castro se niega a que el médico forense le practique la prueba de la parafina para comprobar si había disparado un arma: fue al único combatiente que no se le hizo esa prueba. Todo indica que ante el hecho de no haber disparado un solo tiro, Fidel no quiso que la prueba de la parafina lo pusiera evidencia, evitándole así el desprestigio como líder de la acción que era.

Mito: según la versión batistiana, los soldados en la posta del cuartel y en el hospital militar fueron pasados a cuchillo por los asaltantes.

Realidad: no hubo ningún militar herido o muerto con cuchillo. El coronel Alberto del Río Chaviano llegó al cuartel después del ataque y le informó a Batista por teléfono que los asaltantes habían pasado la posta a cuchillo, y que dos muertos en el hospital militar también fueron apuñaleados. En realidad los asaltantes desarmaron a los dos guardias en la posta 3 y los acostaron boca abajo en el suelo sin causarles lesiones, y los dos muertos del hospital recibieron tiros en la cabeza al asomarse a diferentes ventanas al inicio del ataque. La prensa de la época señaló que los médicos militares testigos en el juicio confirmaron que ningún soldado murió por arma blanca. En sus memorias Batista insistió en que los enfermos fueron asesinados, aunque no pasados a cuchillo.

Mito: Los huecos que actualmente se aprecian en las paredes del Moncada son vestigios de los disparos de los asaltantes del 26 de julio de 1953.

Realidad: los huecos de los balazos en la fachada del Moncada fueron hechos inicialmente por una ametralladora calibre 30 que disparó el sargento José Virués Moraga contra cinco rebeldes atrincherados en el ala izquierda del cuartel. Los rebeldes, mal armados con rifles 22, revólveres, escopetas y un puñado de balas, eran incapaces de dejar semejantes orificios. Después del ataque, aquellos agujeros se repellaron y se pintó la pared pero en la década de los setenta el gobierno cubano abrió nuevos huecos en la pared como si fueran los disparos de 1953.

Mito: en la discusión parlamentaria sobre la amnistía de 1955 a los asaltantes del Moncada, el senador Rafael Díaz-Balart, en su ardiente oposición a dicha amnistía, lanza una ‘profecía’ sobre las nefastas consecuencias que para Cuba tendría poner en libertad a Fidel Castro.

Realidad: se trata de un discurso dado a conocer por algunos medios de noticias sobre todo a partir de la muerte de Rafael Díaz-Balart en 2005. Rafael Díaz-Balart no solo pronunció jamás tal ‘profecía’ (para nada consta en el diario de sesiones), sino que jamás se opuso a tal amnistía, e incluso votó a favor de ella. Una hermana de este senador, Mirta Diaz-Balart, fue la primera esposa de Fidel y madre de su primer hijo, Fidel Castro Díaz-Balart.