Hablemos de China, su historía y situación actual

Un dragón sin fuego
Dr. Darsi Ferret
Miami, Florida. 21 de abril de 2016.

China, además de ser el país más poblado del mundo (1.360 millones de habitantes) y el tercero en extensión detrás de Rusia y Canadá, es una madeja de contradicciones de todo tipo. El Partido Comunista controla férreamente el poder político, mientras impone a la sociedad un brutal capitalismo de Estado.
Después de una etapa sostenida de vertiginoso avance económico, a más de un 10% anual, ahora se debate en medio de una recesión que no avizora fondo y tiene a la élite dominante temerosa por las posibles consecuencias para su estabilidad. En el 2015, el índice de crecimiento económico fue de 6,9%, el más bajo registrado en el último cuarto de siglo.
La prosperidad alcanzada por el régimen de Pekín no es el resultado de un proceso de evolución armónica, sino que se basó en la inyección de enormes cantidades de inversión pública en obras de desarrollo nacional. El gobierno obligó a los bancos a conceder créditos a manos llenas sin tomar en cuenta el retorno de los préstamos y sus intereses.
La enorme dependencia de las exportaciones es otro grave problema de la economía china, por no contar con un mercado interno en capacidad de absorber la producción nacional.
Como toda sociedad sometida a la voluntad de una élite excluyente, la incontrolable corrupción extendida por las instituciones burocráticas representa un agujero negro que se traga un elevado porciento de las finanzas públicas, y disemina prácticas corrosivas que contaminan las actividades económicas, financieras y comerciales.
La opacidad del gobierno regido por el Partido Comunista es tal que Transparencia Internacional ubica a la nación en el puesto 83 en el índice de corrupción de un total de 168 países. El pasado año unos 300,000 funcionarios estatales fueron procesados por corruptos en el marco de una amplia campaña lanzada por el actual presidente Xi Jinping.
Las significativas fallas estructurales del modelo chino, tan alabado por muchos “expertos”, en realidad constituyen una barrera casi infranqueable y cada vez más explosiva.
Como resultado de las reformas económicas implementadas por Deng Xiaoping en 1978, millones de chinos mejoraron sus condiciones de vida. Este avance influye en el incremento de los reclamos ciudadanos por mayores espacios de participación en la esfera económica, social y hasta política.
También el despegue económico de los últimos años ha incidido en la apreciación del Yuan, la moneda oficial, lo que representa de por sí un aumento en el valor del salario de los trabajadores. Con este hecho, China pierde atractivo como maquiladora mundial frente a la inversión extranjera, pues las multinacionales se establecieron en la nación aprovechando los bajos costes de producción y la flexibilidad de las regulaciones jurídicas.
En el contexto actual muchas compañías extranjeras se están retirando de la tierra de Mao Zedong y asentándose en lugares que le ofrecen más rentabilidad, como es el caso de Vietnam, Birmania y el propio México. Este último no tanto por las motivaciones de bajos salarios sino porque las compañías reducen costes de modo significativo al sumar lo que se ahorran en transporte para la distribución en los grandes mercados estadounidense y europeo.
En China se da el fenómeno de que cohabitan a la vez condiciones de primer, segundo y tercer mundo. Hay regiones, como las ciudades costeras de Shanghai, Shenzhen o Pekín donde el desarrollo y la prosperidad es comparable con la vanguardia mundial en materia de desarrollo. Sin embargo, en el centro y oeste del país, de predominio agrícola, el atraso y la miseria siguen a la orden del dia.
La brecha en las diferencias sociales se profundiza. Y es que el beneficio del crecimiento se concentra en un cuarto de la población, mientras el resto de la sociedad se debate en medio de las penurias y pésimos servicios públicos, como la pobre cobertura de salud y de seguridad social. La educación es de mala calidad. El acceso a tener vivienda propia limitado. Y la posibilidad de una alimentación adecuada continúa restringida para más de 300 millones de chinos que sobreviven con menos de un dólar al día.
El respeto a las libertades y derechos fundamentales es una asignatura pendiente. La élite gobernante se resiste a implementar aperturas políticas. Y el férreo control social facilita la persistencia de regulaciones restrictivas como el “hukou” o sistema de registro familiar. Este mecanismo se utiliza para controlar la libre circulación de los ciudadanos dentro del propio territorio nacional, para lo que necesitan de salvoconductos o permisos especiales..
Los indicadores macroeconómicos del gigante asiático representan una fuente de mayor contradicción aun. Por el volumen total del Producto Interno Bruto (PIB) en el 2010 pasó a ser la segunda economía a nivel mundial, cuando desplazó a Japón. No obstante, tomando como referencia el PIB per cápita, que el año pasado fue de 8.125.13 USD, ocupa el lugar 77 en el ranking global.
El país está obligado a bregar con determinadas condiciones que constituyen verdaderos desafíos para su futuro. La contaminación medioambiental alcanza niveles alarmantes. La veloz industrialización y urbanización junto con la sobreexplotación de los limitados recursos naturales ha llevado a una crítica contaminación del agua y escasez de las reservas. Y también resulta sumamente escasa la disponibilidad de tierras cultivables.
Otras fuentes de tensión para el país asiático lo constituye su faceta imperialista sobre territorios donde impone dominio colonial, como en las regiones del Tíbet y Sinkiang. Con relativa frecuencia en estas zonas autónomas se desencadenan conflictos de diversa intensidad entre las autoridades del gobierno chino y los residentes miembros de las etnias tibetanas y uigur, por los reclamos de independencia.
Similar de problemático es el control sobre Hong Kong y Macao, ambas islas con estatus de región administrativa especial. La soberanía de dichos territorios fue devuelta a China por sus antiguas metrópolis, Gran Bretaña en 1997 y Portugal en 1999. La fórmula aplicada para el retorno al dominio chino fue la del principio “un país, dos sistemas”, por el que se acepta ser parte de un solo país, con la existencia del lado continental del sistema socialista y en las dos islas disfrutando de autonomía y vida capitalista, al menos por 50 años.
La relación con Taiwán también es un foco de discordia. Tras la guerra civil china, ganada por los comunistas con Mao a la cabeza, el derrotado kuomintang liderado por Chang Kai shek se asentó en la isla con la esperanza de recuperar el control de la china continental apelando a la ayuda de las naciones occidentales. Entre otras acciones dirigidas a la anexión del territorio, en 2005 Pekín promulgó la “Ley Anti-Secesión”, que amenaza con intervenir militarmente en Taiwan si llegara a declarar su independencia.
El tutelaje como satélite de la dinastía Kim en Corea del Norte representa la peor mancha de China en cuanto a política exterior. Durante décadas el régimen coreano le sirvió como punta de lanza para el chantaje a Occidente a través de su programa nuclear. Pero en la actualidad, superada la Guerra Fría y establecidas las relaciones con EEUU y Europa, le reporta más perjuicios que beneficio y aún no encuentra modo de quitárselo de encima dadas las consecuencias que le traería un desplome del gobierno de Pyongyang.
Aunque en las últimas décadas China generó asombro por su vertiginoso desarrollo, el incremento de las contradicciones que padece, de la actual crisis económica y las tensiones sociales puede sorprender con un inesperado desenlace. Los designios que le endilgan la condición futura de primera gran potencia se deben comenzar a poner en duda. La estabilidad impuesta con bayonetas nunca ofrece garantías. Y menos cuando la protesta de la plaza Tiananmen no se olvida.