¿Cuál es el plan del VII Congreso del PCC? Opinión Aceptada!

El próximo 16 de abril —aniversario del día en que oficialmente la revolución cubana fue declarada socialista— comenzará el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC).  Estos eventos no deciden nada, solo apoyan los acuerdos ya cocinados por apenas un centenar de personas.

Origen: ¿Cuál es el plan del VII Congreso del PCC? | Diario de Cuba

El próximo 16 de abril —aniversario del día en que oficialmente la revolución cubana fue declarada socialista— comenzará el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC).

Estos eventos no deciden nada, solo apoyan los acuerdos ya cocinados por apenas un centenar de personas. La puesta en escena da visos de legitimidad a la voluntad incontestable de la elite de poder.

Las opiniones de 700.000 militantes, y las de más de 11 millones de ciudadanos, no cuentan en la práctica. Pero siempre se ha pretendido que su voluntad se ausculta, cuando se someten a discusión algunos de los documentos que luego pasan a ser considerados por los delegados al evento. Esta vez, ese no ha sido el caso.

Un gran secretismo ha rodeado los preparativos de esta nueva función del teatro socialista cubano. Solo sabemos que de los más de 300 “lineamientos” adoptados por el congreso anterior, se ha cumplido el 21% de ellos. Nada se ha dicho ahora sobre el plan del próximo quinquenio ni acerca del supuesto nuevo modelo de “socialismo sustentable” que dicen haber elaborado. Algo huele mal en La Habana y no es un queso danés.

Pasemos revista a algunos dilemas que enfrenta la elite de poder cubana:

1. La inevitabilidad de enfrentar una crisis financiera a corto plazo. El modelo de negocios de esa corporación privada que en abril 16 de 1961 fue públicamente registrada como “Revolución  Socialista” —basado en la dependencia financiera y comercial de algún mecenas externo— está abocado a una crisis. Caiga o no el régimen chavista, la economía de Venezuela está en ruinas.

2. La quiebra generacional del pacto renuente e implícito entre el poder y la población. A cambio de resignarse a carecer de derechos políticos, civiles y económicos, el Estado se encargaba de proporcionar un sistema de empleo, salud y educación universales. Pero sin tarjeta de crédito soviética o venezolana no puede sostenerse ese arreglo. La gente no cuenta ya al desvencijado sistema de educación y salud entre los “logros alcanzados”, y el empleo estatal está sometido a creciente  racionalización. Viven tres generaciones en las mismas casas destartaladas, con problemas de agua, alcantarillado, transporte, salarios miserables y pensiones paupérrimas, deficiente alimentación y un largo etcétera. Los viejos se sienten defraudados y los jóvenes no se dejan seducir por las mismas ilusiones que compraron sus padres y abuelos. No sueñan con “construir el socialismo”, sino con una balsa para escapar de la Isla.

3. La necesidad de sustituir el actual régimen de gobernabilidad por otro que resulte económicamente eficiente. Es evidente que los Castro no optarían por un mercado libre y un sistema político democrático. Si se deciden a mover ficha tendrían que elegir de un menú de capitalismos autoritarios de diverso tipo, como los de Rusia, China, Vietnam o Singapur.

4. El inicio de una nueva etapa histórica. La trayectoria de la Cuba poscolonial se divide hoy en dos historias de media duración casi idénticas. La primera Cuba nació en 1902 y su muerte oficial fue decretada precisamente aquel 16 de abril de 1961.  Estuvo basada en un sistema de democracia liberal y mercado. Alcanzó niveles de modernidad, desarrollo social y crecimiento económico muy superiores a los del resto de la región e incluso al de algunos países europeos.

La segunda Cuba supuso la desaparición del mercado, la implantación de un Estado totalitario extensivo e intrusivo, y la sustitución de la exitosa clase empresarial criolla por una enorme e incompetente burocracia al servicio de una elite omnipotente. En esa Cuba el disfrute de privilegios lo decide el cargo, no la propiedad. Semejante sistema no podía ser sostenible sin una inyección continua de créditos internacionales que compensaran su ineficiencia y que nadie pensaba pagar.

El tema omnipresente del VII Congreso del PCC —sea en forma abierta o subliminal—  es cómo va a organizarse la ya inevitable tercera Cuba, y cuál es el plan para controlar esa transformación sin perder las riendas del poder. La opción más probable sería la del capitalismo de Estado autoritario.  Ese camino pueden conjugarlo con la presión por levantar el embargo. Si se deciden a ello, pudieran hacer cuatro cosas: a) una gigantesca “piñata” con las empresas estatales disfrazándolas de cooperativas privadas para exceptuarlas de las sanciones del embargo; b) pasar el cargo ornamental de jefe de Estado a alguien que no lleve el apellido Castro (como fue antes el caso con Osvaldo Dorticós) para cumplir formalmente con esa cláusula de la Ley Helms-Burton c) hacer modificaciones secundarias al sistema electoral del irrelevante Poder Popular para proclamar que han democratizado el sistema político; y d)  remplazar la inepta burocracia por una tecnocracia obediente, que sea además eficiente, para poder administrar una economía con mercado.

En resumen: Después de diez años de haber sustituido a su hermano, a Raúl Castro se le ha agotado el juego de hacer reformas que no cambien la esencia del sistema. La técnica de aparentar que se avanza, cuando a veces incluso se retrocede —como el moon walking de Michael Jackson— ya no le funciona. No la compra el ciudadano de a pie, y tampoco los empresarios que, ilusionados, visitan la Isla para luego retirarse sin invertir un centavo al constatar de cerca la realidad cubana.

También se ha agotado el mito de que “el pobre Raúl” no puede hacer lo que quisiera, porque un ala conservadora dirigida por su hermano lo controla o depondría. En el trascurso de una década los raulistas han completado el desplazamiento de los fidelistas en todas las palancas del poder y de la propia elite. Hoy Raúl no hace lo que, simplemente, no quiere hacer.

La gran transformación que sí ha ocurrido en Cuba —clave además— es la de la subjetividad nacional. Muchos de los hombres y mujeres que se vistieron de milicianos aquella mañana de 16 de abril de 1961 viven hoy la frustración de su apoyo a aquella estafa, y a los más jóvenes no les interesa escuchar supuestas glorias pasadas.

El comunismo cubano no ha perdido el poder político, pero hoy carece del poder de vender ilusiones. Más allá de cualquier otra consideración, esa es su principal vulnerabilidad. Si en 1961 se presentaba como vehículo para el cambio y heraldo del porvenir, hoy es percibido como el obstáculo para alcanzar la prosperidad con libertad. Ese es su desafío central en este congreso.