Aplauso de una sola mano en el Gran Teatro de La Habana | Diario de Cuba

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En las dictaduras los aplausos mienten, solo el silencio es genuino. Y el silencio en el Gran Teatro Alicia Alonso durante la alocución de Barack Obama fue escandaloso.

Si exceptuamos la operática intervención de Obama, el silencio fue también el gran protagonista de esta jornada singular. Había personajes ilustres en los balcones, sin dudas. Había un grupo de negros vestidos de blanco como una banda de garzas en primer plano, ¿santeros u opositores? Estaban la Assoluta y el Assoluto en el mismo palco, robando cámara, cada cual a su manera. La bailarina dibujó un artrítico port-de-bras, mientras que el demagogo canalizaba al gallego torpe y un poco cortado que se siente fuera de lugar en las cumbres del Poder. Ella no pudo aguantarse e hizo un par de reverencias balletistas; él, más hipócrita, dirigió hacia el podio la atención del público que lo adoraba.

Pero el silencio, lo que Simon & Garfunkel llamaron "the sound of silence", era atronador. El silencio pirueteaba en la sala, hacía de las suyas entre los deditos atenazados de los asistentes. Si las manos soñaban con levantarse y batir palmas durante una frase particularmente irresistible, el silencio les ponía una llave de judo en las muñecas.

El silencio es el agente estrella de la Seguridad del Estado. Lo engordaron en una celda y le pusieron un chupete de cianuro en la boca. Tiene el cuello ancho como un cerdo y la cabeza cuadrada. Si tuviera que antropomorfizarlo, diría que es el nieto energúmeno de Raúl, el pequeño Raúl Guillermo Rodríguez Castro. Vemos a los jenízaros en las redadas de Santa Rita arrastrando a las pobres mujeres que se retuercen en el asfalto. Pero el silencio es mucho más opresivo y reina sobre toda La Habana. Es el déspota que gobierna la Isla.

Hubo otro aplauso, el aplauso zen de una sola mano que se oyó esta mañana en el Gran Teatro. Para superar su estática se realizaron actos de repudio musicales. Primero, grabaciones de Silvio Rodríguez, que cantó Fusil contra fusil y Te doy una canción. Silvio Rodríguez es la música de elevadores del castrismo, la trova que alivia la irritación y adormece la conciencia. Si la Historia de Cuba fuera una zafra, las falsas protestas de patriotismo harían pasar más rápido el tiempo muerto. Pero no fue la Historia, sino la bajeza y el cinismo las que nos revelaron a Silvio como un esbirro, y a su música como el trasfondo lírico de una dictadura.

Esta mañana, Obama fue otra vez el Caruso que visitaba esta colonia en los confines del Caribe. Habló y habló, su discurso fue de una extensión metafóricamente castrista. Hizo uso de todo el tiempo antes reservado a los todopoderosos. Hizo una verdadera guerra del tiempo. Si en el Palacio de la Revolución había aparecido el espectro de Lezama entre las arecas, en el Gran Teatro de La Habana era el espíritu barroco de Alejo Carpentier: Obama pronunció un discurso que será recordado como su Recurso del Método. Una defensa de la democracia americana que no se cohibió de adoptar, y adaptar, la versión castrista de la Historia como conflicto de colonizadores y colonizados, de esclavos y esclavistas, de poderosos y desposeídos. Nos metió en el mismo cartucho histórico que cualquier otro hijo de vecino, nos revolvió y nos soltó sobre el tapete como un espléndido e incongruente poema dadaísta donde Hemingway y Martí, Mohamed Alí y Teófilo Stevenson, Papito Valladares y Martin Luther, Gloria Estefan y Pitbull, Cachita y un plato de ropa vieja bailaban casino.

Dijo que los cuentapropistas no debían temer la imitación de lo norteamericano, sino atreverse a ser ellos mismos. Dijo que la esperanza es, simplemente, el derecho a ganarse la vida. Dijo que muchos le habían aconsejado que pidiera un derrumbe, pero que él venía a proclamar la construcción de lo nuevo. En la mismísima guarida de la Historia, Barack Obama, en el mayor discurso de su carrera, dijo que se negaba a ser engañado por esa vieja dama indigna, y que debíamos quitarla del medio para poder hablar sin tapujos. Entonces se volvió hacia el palco donde dos nonagenarios encarnaban todo aquello que debía quitarse del medio y les pidió que no temieran más a los americanos, y que no le metieran miedo a su propia gente. Y se los dijo —desde una altura moralmente indiscutible— como "un amigo sincero".

Acto seguido Obama hizo la defensa más elocuente del exilio cubanoamericano que se haya oído jamás en suelo nacional. Habló de los que se fueron, habló de la separación violenta, habló del dolor de las familias, se convirtió, a la vez, en el portavoz y el narrador de la conciencia exílica.

Y otra vez el silencio atronador fue al encuentro de las palabras del mandatario norteamericano, un silencio policíaco, aunque también del tipo de silencio que las novelas románticas califican de "silencio preñado". Preñado de unas posibilidades infinitas que las notas reaccionarias de La Guantanamera, en la voz de ultratumba de Joseíto Fernández, trataron de acallar cínicamente.