Maquiavélico Raúl Por Martín Guevara

Maquiavélico Raúl

Posted: 07 Feb 2016 06:52 AM PST

Hollande Raúl Castro

Durante muchos años se estudiarán los movimientos magistrales de cintura en política internacional tanto de Fidel como de Raúl Castro, cual obra de Nicolás Maquiavelo, pero Raúl si cabe, consigue incluso más con muchísimo menos, sentando cátedra en materia de pragmatismo desde su época al frente de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias).

Lo que sea que haya permanecido en una posición semi erguida durante estos cincuenta y largos años, lo que quiera que sea que tras la ruina tan proverbial de la Revolución ha mantenido al cubano unido al menos frente al caos, en cada poro de ello ha estado residiendo de algún modo Fidel “Guarapo” Castro, ya fuese por el aura de divinidad que supo procurarse en torno a su persona.

La mayoría de los cubanos nacieron con él ya como el Big Brother absoluto, que todo lo sabe y todo lo observa, pero además como el padre de la patria, que subió a la Sierra con 12 hombres maltrechos y bajó con el pueblo victorioso detrás ( sin detenernos demasiado en detalles, como todos esos compañeros, colegas y seguidores traicionados que sacrificó en el camino), o bien por el temor que infunde. ni siquiera su hermano Raúl, que es su sangre podría hacer nada con la oposición de Guarapo. Ni siquiera él.

Ya en el año 2006, Raúl tenía la convicción de eliminar la tristemente célebre libreta de abastecimiento, de ir soltando las amarras del mercado. Dio el pistoletazo de salida con puestos de mercadillo libre campesino y la liberación de los taxis particulares, los “boteros”, incluso percibiéndose claros resultados tuvo que detenerlo y echarlo para atrás, por la “no satisfacción” de su hermano, conocida para el público en una de las reflexiones que vuelca periódicamente en el pasquin “Granma”.

No se trata sólo de la oposición de Fidel, es de la casi totalidad de los cuadros anquilosados que tienen mucho que defender, demasiado que perder en sus nichos de poder e infinitas culpas que solventar, si se abre de seriamente el juego politico a los cambios democráticos.

Y aún no siendo nada fácil, Raúl, entre fiesta y fiesta sorprendió a más de uno, con su templanza llevó el gobierno mucho mejor que lo que la mayoría había imaginado, para los intereses suyos personales y familiares primero que todo, de las clases dominantes luego y por último para la vida cotidiana del pueblo cubano, que en honor a la verdad la mejoró sensiblemente con respecto del hermano, aunque ello no represente mayor mérito.

Se lo observaba detenidamente desde varios ángulos y desde algunos, sin catalejo. Él no se llevaba particularmente bien con Chávez, y se temía cierta frialdad con el “surtidor del pan”, entonces hizo movimientos magistrales para estudiosos de la cintura política, de lo práctico, e incluso de la impudicia, con fines estratégicos.

Porque no se trata sólo de hasta que punto él hubiese estado dispuesto a renegar, a desistir, a claudicar como estandarte y autor material e intelectual de la dictadura del proletariado, a olvidar y lograr hacer olvidar su papel como activo represor de gays, artistas, periodistas, escritores, rockeros y cualquier mínima expresión de simpatía por el enemigo imperialista, para lo cual ya hay que tener un cinismo a prueba de todo, sino que también y he ahí lo difícil, la cuestión era ¿cómo hacer para encontrar nuevos “Surtidores del pan” para su sempiterno jineteo institucional sin que le recordasen quién era y lo que representaba?

Pues lo hizo maravillosamente, mientras Maduro una vez usado y exprimido, va cayendo en desgracia, la Perla del Caribe, no sólo volvió a estar de novia con el imperialismo insaciable del Norte, sino que de amante vespertina, se ha buscado nada más ni nada menos que a la Francia de los derechos y de la libertad.

Las dos democracias más antiguas del planeta, los dos referentes de libertad, se reparten más que disputan el amor de la Perla, y ella, ufana, así como susurraba en ruso y luego en tono venezolano, ha vuelto a suspirar en inglés, y a gemir en el francés de Fouché, no en el Danton.

Por Martín Guevara