El éxodo de la nación apátrida | Diario de Cuba

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El éxodo de la nación apátrida

JUAN ANTONIO BLANCO | Miami
Migrantes cubanos en Costa Rica.

El flujo de miles de cubanos hacia Estados Unidos a través de varias fronteras latinoamericanas descoloca las narrativas recientes sobre los cambios en la sociedad cubana. ¿Por qué si el conflicto entre Cuba y Estados Unidos está supuestamente siendo superado ocurre este nuevo éxodo? ¿Por qué se marchan del país cada vez en mayor número y en todas direcciones? Solo la cifra de los que arriban a Estados Unidos ha crecido en más de un 70% en 2015.

Sin llamar por su nombre a la génesis del problema —un régimen de larga vocación estalinista— y sin comprender que el conflicto principal es de naturaleza interna —el de un sistema de gobernabilidad contra los intereses de la población—, no es posible explicar este asunto.

A la nación le expropiaron la patria

Estamos ante un Estado que desde un inicio despojó gradualmente de soberanía y derechos a la nación cubana. A la nación le expropiaron la patria. Del país se apropió el Estado y éste, a su vez, se privatizó a favor de un solo partido político al servicio prioritario de los intereses de la familia Castro.

Desde muy temprano Fidel Castro tildaba de “apátridas” a quienes marchaban al exilio aunque a menudo lo hacían para retomar la lucha política y armada. Era un mote despectivo —como el de “gusanos”— con el que quería desacreditar a sus adversarios. Pero fue precisamente el régimen que él instaló en Cuba el que arrebató a todos los cubanos su patria. Bajo Castro ser apátrida no era una opción sino una condición inescapable. Podía llevarse la patria al exilio en el corazón —como recuerdo y propósito— pero en la Isla a ese concepto se le había vaciado de significado. Los que viven en la Isla o fuera de ella son apátridas de hecho, tengan o no conciencia de ello. La nación cubana no es hoy un ente de derecho. En esas circunstancias la patria es apenas una condición sentimental.

Las decenas de miles que procuran apresuradamente reubicar sus proyectos de felicidad en otros países no son simples “ciudadanos” de una nación afectada por una recesión temporal, como ocurre en otros casos. Son los desplazados más recientes por el conflicto interno del Estado con los intereses de la población.

Son personas —sin derechos ciudadanos— que habitan una isla que no pueden considerar su patria, porque no están en condiciones, como nación, de ejercer la soberanía sobre ella. No pueden cambiar su gobierno en las siguientes elecciones, promover políticas alternativas en la prensa, fundar empresas, invertir en la economía nacional, organizarse para proteger sectores vulnerables, llevar sus denuncias a cortes independientes. En esas condiciones de violencia estructural y represión política no resulta posible definir un proyecto de sociedad ni emprender proyectos personales autónomos.

La Ley de Ajuste Cubano no es la causa principal

Este nuevo éxodo de cubanos ha sido provocado, por un lado, por el prolongado despojo de su soberanía y derechos y, por otro, por la desilusión definitiva de que esa situación vaya a variar de manera positiva, aun con el acercamiento de Estados Unidos. Este renovado desaliento y desilusión —no la Ley de Ajuste Cubano— es la causa principal del más reciente flujo de personas hacia cualquier destino a fin de poder reubicarse en el exterior.

La elite de poder cubana reitera a cada momento que sea cual sea la evolución de las relaciones con su vecino no está dispuesta a conceder libertades, derechos, ni reconocer la soberanía de la nación sobre el curso futuro de la sociedad cubana. En esas circunstancias, el curso imperturbable de la nueva política de Washington tiende a validar ante los ojos de la población la inevitabilidad de la soberanía del Estado sobre y contra la voluntad popular.

Adoctrinados desde que nacen a aceptar la imposibilidad de transformar el status quo, la nueva postura de Estados Unidos ahora se percibe como validación de la tesis de la invencibilidad del régimen cubano. Desde esa perspectiva es lógico que crean que la única opción para buscar la felicidad y ayudar a sus familias es reubicarse en el exterior, sea en Miami, Santo Domingo, Bogotá, Sydney o Luanda.

¿Exiliados o emigrados?

El adoctrinamiento durante cinco décadas en la burbuja ideológica e informativa cubana impide que muchos de los que participan en este éxodo sean capaces de ver —o expresar— la conexión entre las circunstancias económicas y sociales de su vida en Cuba y el régimen político que ocasiona su riesgoso peregrinar. El adoctrinamiento mucho menos permite que puedan leer la crisis migratoria en clave de derechos humanos, concepto ignorado por el sistema de educación vigente y demonizado por el aparato de propaganda. Son exiliados en sí, pero no para sí, por usar términos de Marx para referirse a la evolución de la conciencia obrera. Sin embargo, los masivos éxodos migratorios cubanos han constituido a lo largo de más de medio siglo una manifestación palpable del rechazo de la población a un régimen que asfixia sus legítimos anhelos y proyectos de felicidad.

Para ellos patria no es el Estado cubano y una isla donde nada deciden, sino la “patria chica” compuesta por aquellos familiares y amigos que intentan ayudar. La patria es interpretada en clave emocional y personal, no legal.

“Cuba” significa para los que participan en este nuevo éxodo un puñado de seres queridos, tradiciones, calles, lugares, recuerdos, preferencias gastronómicas o musicales. Una parte del exilio no puede entender por qué esas personas dicen que solo muertos los harán regresar a Cuba cuando son detenidos en Nicaragua o México y después, cuando llegan a Estados Unidos y alcanzan la residencia, viajan a la Isla. Esos cubanos siguen pensando —mucho más después del 17D y la continuidad del inmovilismo nacional— que el status quo castrista es invencible. Incluso ya residiendo en el exterior se cuidan de no criticar ante desconocidos o en medios públicos al Gobierno cubano por temor a que su aparato de inteligencia llegue a saberlo y les sea bloqueada la posibilidad de visitar la isla en que nacieron. Su compromiso liberador se limita a la “patria chica” (familiares y amigos). Es a esa “patria” a la que intentan librar de la miseria con remesas y bultos postales pese a que el Estado parasitario en la Isla se apropia de una parte de esos recursos con desmesuradas imposiciones aduaneras y altísimos precios a los productos del mercado minorista que él controla.

Un probable error estratégico

Quedan pendientes otras interrogantes. ¿Qué se discutió sobre el tema migratorio con el representante de Homeland Security de Estados Unidos que visitó La Habana y a qué acuerdos secretos sobre este tema llegaron Raúl Castro y el presidente de México inmediatamente después de aquellas conversaciones? ¿Por qué el Gobierno cubano solicitó luego a Ecuador que haga una excepción en su política de puertas abiertas y exija visas a los cubanos? ¿Qué buscan solicitando paralelamente a Nicaragua que bloquee el paso a los que ya habían emprendido su peregrinaje hacia Estados Unidos?

La supresión de la Ley de Ajuste Cubano difícilmente sea el objetivo que persigue Raúl Castro al orquestar esta crisis en territorio de Costa Rica. Ni siquiera incluyó esa demanda entre los cinco puntos que presentó a Washington como condición para normalizar las relaciones. En crisis migratorias anteriores esa ley ha servido de válvula de escape al descontento y fuente de miles de millones de dólares en remesas. Debemos suponer que el objetivo, pese a la retórica, apunta a otra parte.

Una especulación factible es que quizás Castro se dispone a poner a punto el “arma de migración masiva” —concentrándola en Cuba y apuntándola directamente hacia Florida—, como chantaje para obtener todas las concesiones posibles de Washington antes de que Obama salga de la Casa Blanca.

Si ese fuera el caso, es posible que resulte un error estratégico.

Por una parte, en un año electoral eso equivaldría a una acción contra un Presidente de EEUU que ha promovido el acercamiento entre ambos países (como lo fue el Mariel para Carter en 1980 o las avionetas para Clinton en 1996) y socava las aspiraciones del Partido Demócrata en los comicios de noviembre de 2016.

Por otro lado, La Habana debiera tener presente que hasta hoy la gente sigue protestando con los pies, pero de cerrarse esa vía pudiera, en su desesperación, tomar conciencia ciudadana y decidirse, finalmente, a recuperar su patria “grande”.