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Biografía de La Rampa Biografía de La Rampa 01.jpg facebook twitter google + email 14 febrero, 2012 1 comentario Por: Ciro Bianchi Ross Fotografías: Denisse Guerra ¿Cuántos de los miles de transeúntes —cubanos y no— que a diario bajan y suben por La Rampa conocen los antecedentes de este pedazo de vía que es, desde hace varias décadas, el corazón de La Habana? Es el tramo de la avenida 23 que corre desde la calzada de Infanta hasta la calle L, en el Vedado. O lo que es lo mismo: los 500 metros que se extienden desde la sede del Ministerio de Comercio Exterior hasta el hotel Habana Libre. Hay una foto aérea de La Rampa cuando todavía no lo era. Se tomó desde el mar a comienzos de los años 40. ¿Qué se observa entonces en la fotografía? Nada. Casi nada… Diez, quince años después se repite la foto y ya La Rampa es La Rampa. La Habana de comienzos del siglo pasado terminaba prácticamente en Infanta, y el Vedado acusaba un desarrollo incipiente hasta la calle 15. En la década de 1920, la avenida 23, trazada en 1862, se prolongó hasta el mar y se encontró con Infanta, que se extendió desde la calzada de San Lázaro, donde terminaba en 1916. Lo que fue posteriormente La Rampa era entonces —y lo seguiría siendo durante muchos años— un camino bordeado de sumideros de gran profundidad. En una de esas furnias, que colindaba con el Hotel Nacional, edificado en 1930, se celebraron sonados topes de boxeo, y otro de los huecos dio asiento a un improvisado campo de béisbol. En la esquina de 23 y L, donde ahora está la famosa heladería Coppelia, prestaba servicios el hospital Reina Mercedes, que funcionó hasta 1954. Sus terrenos, que en 1886 costaron 7 000 pesos, se vendieron entonces en 300 000. Una compañía constructora quería edificar allí un hotel de 600 habitaciones. EL TESTAMENTO El propietario de los terrenos de La Rampa era Bartolomé Aulet y construyó su vivienda en el fondo de un hoyo cercano a lo que hoy es la sede del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Cuando fallece, a comienzos de la década de 1940, deja a su sobrina Evangelina como única heredera. Pero la muchacha, según una de las cláusulas del testamento, no podría disponer de sus propiedades hasta 1975. No esperó tanto. Encontró apoyo en el coronel Pedraza, segundo hombre fuerte de la Cuba de entonces, y este se encargó de convencer a un juez venal de lo injusto y arbitrario de la voluntad del muerto. Dicho y hecho: la sobrina y sus compinches se enriquecieron de la noche a la mañana. El italiano Amadeo Barletta fue de los primeros compradores en la zona. Fascista, agente de Benito Mussolini y organizador de las Camisas Negras en La Habana, este personaje había sido expulsado de Cuba durante la Segunda Guerra Mundial y reapareció en 1946 como representante de la General Motors. Era jefe, se dice, de una de las cuatro grandes familias mafiosas que operaron en Cuba hasta 1959. Tenía múltiples empresas tapaderas: Unión Radio, el periódico El Mundo, el canal 2 de la TV… y por supuesto, la Ámbar Motors, un edificio de oficinas que alberga hoy al Ministerio de Comercio Exterior. Sería Goar Mestre, el magnate cubano de la radiodifusión, quien se percató antes que nadie de las posibilidades de La Rampa. Se decidió por este lugar desoyendo otras sugerencias. Pensó que si construía allí, los terrenos aledaños se revalorizarían y la zona se poblaría de inmediato. Radio Centro se inauguró el 12 de marzo de 1948. Poco antes, el 23 de diciembre, había abierto sus puertas, como parte del complejo radiofónico, el teatro Warner —hoy cine Yara— con una función de gala a la que asistió el presidente de la República. PABELLÓN CUBA A partir de entonces, La Rampa, que se llama así por su acentuada inclinación, creció en un abrir y cerrar de ojos: edificios de apartamentos, como el del Retiro Médico con sus murales pintados por Wifredo Lam, restaurantes y centros nocturnos, agencias de publicidad… El edificio donde radican las oficinas de las compañías de aviación fue un centro comercial. En su galería de arte expusieron sus pinturas, en abril de 1953, los artistas del mítico grupo Los Once, que revolucionaron la plástica cubana de su tiempo. Se dice que una de las formas de medir la actividad comercial de una zona es por el número de agencias bancarias establecidas en ella. No menos de ocho oficinas centrales y sucursales de bancos se asentaron en La Rampa, y otras tres, que no alcanzaron espacio, lo hicieron en calles aledañas. La Rampa fue también el milagro del comercio habanero. Porque los capitalinos se habían acostumbrado a salir de compras por calles sustancialmente planas y cuyos portales los protegían del sol y de la lluvia. Nada de eso había en La Rampa y aun así se impuso. Resulta imposible hablar de La Rampa sin aludir a la colección de obras de arte que se exhibe en sus aceras: una muy buena selección de pintura cubana está empotrada en esas losas de granito. Tampoco puede hacerse sin mencionar al Pabellón Cuba. Se inauguró en 1963, con motivo de la celebración en la capital del Congreso Mundial de Arquitectos, donde participaron 600 de esos profesionales y unas 1 300 personas en conjunto. Se destinó a centro de exposiciones y acogió, entre otros eventos, la Primera Muestra de la Cultura Cubana, en 1967, y, en esa misma fecha, al importante Salón de Mayo, que trajo a Cuba desde París una muestra de lo que en el mundo se hacía en el campo de las artes plásticas para ser vista en ese inmueble abierto a la brisa y a la perspectiva, alarde de arquitectura aérea donde las suaves pendientes avanzan entre la vegetación y el agua cristalina.
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