De comprar a alquilar un “almendrón” en Cuba

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De comprar a alquilar un “almendrón” en Cuba

mayo 11, 2015
Juan Juan Almeida

Su almendrón contra su crédito, y tasado a valor de mercado. Este Chevrolet ’57 personalizado podría valer un Potosí.

Ya hace años que el gobierno cubano cambió los Chevrolet, Buick, Cadillad o Jeep por autos soviéticos.

Con la flexibilización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, se desató la especulación, y anda hacienda de las suyas; algunos expertos aseguran que varias compañías estadounidenses están prestas a comprar los famosos “almendrones” de la isla. Puede ser, la disposición es real, siempre existe algún trasnochado a quien la pasión, la necesidad o la desinformación, le obliga a confundir la realidad con el deseo o con la imaginación.

Absolutamente fuera de foco, el patrimonio automotriz cubano ha sido prácticamente depredado. La mayoría de lo que queda, Cadillacs, Chevys, Studebakers, Pontiacs, Thunderbirds y Buicks que aún circulan por la isla, fueron remotorizados para ser usados como taxis colectivos (boteros) y al perder originalidad, perdieron también la excepción.

A mediados de la década del 80, la empresa Cuba al servicio de extranjero (CUBALSE, por sus siglas) capitalizó la generalidad de los autos coleccionables que existían en el país. Los adquirió usando como referencia su importancia tecnológica (Hispano-Suiza, Cadillac V16 de 190) rareza (Ford T del 18, Baby Lincoln del 30) o significación histórica universal.

No creo necesario aclarar que los compró a precios irrisorios; por un Mercedes-Benz gaviota, un Jaguar, o un Bugatti, pagó con vehículos rusos.

Varias de esas joyas rodantes se encuentran hoy en el museo del autómovil ubicado en la calle Oficios de La Habana Vieja; otros como “Los zapaticos de rosa” están guardados y con excelente mantenimiento en garajes privados de altos dirigentes, el resto fue muy bien vendido, mayormente, a coleccionistas suizos.

A finales de los 90, casi no existían en la isla autos de colección cien por ciento original, en manos de la población; Cubalse deja de comprar y el batón de la rapiña patrimonial lo toma un exclusivo grupo de artistas que para entonces no vendían sus obras a los precios que lo hacen ahora, pero supieron aprovechar, más que el ignato talento, conexiones gubernamentales para comprar autos antiguos, adornarlos con cuatro brochazos y, bajo el estatus de “obra de arte”, sacarlos del país y venderlos en el exterior.

Así, vía marítima, como balseros, pero con permiso especial, salieron de Cuba autos americanos a solicitud de un extraño mercado que exigía fundamentalmente Camioneta Chevrolet del 46, Ford Mercury del 41, Buick Roadmaster del 56, Chevrolet Corvette y Chevy del 57.

A la moda del antique cuatro ruedas, se unieron cubanos con visión comercial y extranjeros residentes. Entonces, con opción económica, el gobierno retoma el negocio con empresas como Cubataxi que adquirió autos antiguos con cierta historia nacional, no para vender, sino para a precios de prostituta, rentarlos a turistas que pagan por montar la Harley Davidson que usó Camilo Cienfuegos, el Chevrolet Impala de Almeida, y lo que algunos aseguran solo es una versión falsa de la limusina Chaika que por años utilizó Fidel.

Ordenando estas simples fichas del rompecabeza comercial del automóvil en Cuba, es muy fácil comprender que, de los casi 60.000 autos antiguos que aún circulan por la isla, salvo aisladas excepciones, en posesión de algunos nacionales sólo quedan autos híbridos, armados con libérrimos criterios de una mecánica ingeniosa que sí se podrán vender pero no son, ni por aproximación, la mina de oro que sus propietarios creen tener.