¡Es la hora de cerrar el campamento y abrir la República!

¡Es la hora de cerrar el campamento y abrir la República! | Diario de Cuba.

Pedro Campos | La Habana | 5 Mayo 2015

Para la gran mayoría de los cubanos, la Cumbre de las Américas empezó con el foro de la sociedad civil, donde la delegación oficial cubana se retiró porque no estaba dispuesta al diálogo con los “mercenarios y terroristas que estaban allí representando a la sociedad civil independiente” y terminó con el encuentro y estrechón de manos entre los presidentes de Cuba y EEUU. Acercamiento en las cúpulas, que podría calificarse casi de fraternal, a juzgar por los rostros risueños y halagados que muestras las fotografías y videos.

De ahí la incógnita representada en esos dos momentos: ¿será posible un entendimiento entre los gobiernos de EEUU y Cuba sin que se produzca un diálogo hacia la democratización dentro de la sociedad cubana?

Lo ocurrido en el foro de la sociedad civil en la Cumbre, la presencia del asesor de Raúl Castro, Abel Prieto, al frente del grupo de la sociedad civil oficial y el tabloide llevado desde Cuba bajo rótulo de la UPEC tratando de descalificar a casi todos los miembros de la sociedad civil independiente asentada en el país que asistieron al encuentro, sugerirían que de parte del Gobierno no existiría la menor intención de entrar en un diálogo con la oposición interna, que hace tiempo optó por la vía pacífica para luchar por sus demandas.

Algunos consideran que la dual posición llevada por el Gobierno cubano a Panamá, la conciliadora de la delegación presidencial hacia EEUU y la beligerante de la delegación de la sociedad civil oficial, respondió a contradicciones internas en la alta dirección cubana. La segunda habría sido el bocado ofrecido a los extremistas del patio para acallarlos ante el acercamiento Raúl-Obama.

Para otros fue un duro mensaje en “vivo y en directo” al Gobierno estadounidense para que entendiera “cómo se tratan” aquí los asuntos internos y no pretenda cambiar “el modelo político cubano”.

Pero para muchos, lo más aparente fue la reiteración a la oposición de que sus únicas opciones son irse del país o “alzarse”: la actitud tradicional de la “dirección histórica” que llegó al poder por medio de la violencia y que no parece entender que la revolución que la llevó fue precisamente para restablecer la democracia y desterrar la violencia política. Es el desconocimiento tradicional a toda diferencia interna. Es la intolerancia, hermana de la ignorancia y del autoritarismo del militarismo.

Se trataría de un grave error del Gobierno-Partido-Estado que no habría comprendido todo el significado de sus propios pasos para la nación cubana, por seguir varado (como embarcación montada en gradas, fuera del agua) en el lenguaje y la mecánica política de una Guerra Fría que para los cubanos empezó a terminarse el 17 de diciembre pasado.

No puede abstraerse el Gobierno cubano de recientes declaraciones de distintos representantes oficiales de la administración de EEUU, precisando que el cambio de política no tiene entre sus objetivos inmiscuirse en los asuntos internos cubanos ni tratar de cambiar el sistema político.

Sabrá qué persigue el grupito que ha estado haciendo las negociaciones en nombre de Cuba; pero para una gran mayoría de los cubanos, si toda la filosofía del modelo político se sustentaba en la “defensa de la patria y la revolución ante la agresión imperialista”, ahora, el inicio de la normalización de relaciones con EEUU y los elogios de Raúl a Obama han liquidado las bases objetivas de aquel vetusto entramado.

¿Mercenarios de quién? ¿Del gobierno con el cual se está negociando la normalización, y del cual se espera ayuda de todo tipo para levantar la economía derruida?

A menos, que se considere al actual presidente de EEUU un redomado cínico, ¿cómo entender ahora la propaganda de que EEUU está pagando mercenarios para actuar contra el Gobierno cubano, cuando ya no se puede seguir diciendo que se apresta a agredirnos militarmente, ni trabaja para cambiar el régimen?

La estrategia de tildar de mercenaria y terrorista a toda la sociedad civil independiente y a los opositores no solo está vacía de contenido en las nuevas condiciones, sino que puede volverse contraproducente, pues la parte norteamericana en las negociaciones podría reprochar privada y públicamente al Gobierno cubano el tratar de endilgarle un patrocinio que no es cierto y estar, así, obstaculizando el avance del proceso negociador.

En estas nuevas circunstancias, ¿qué justifica continuar con el militarismo del Estado, del Partido, del Gobierno y de la economía, con tanta centralización, tanto aparato de seguridad, tanto control sobre los ciudadanos, tanta represión? ¿No ha llegado el momento de civilizarnos y dejar  el militarismo y la paranoia justificados con el enfrentamiento al enemigo imperialista?

General, ¡es hora de cerrar el campamento y de abrir la República!

Por demás, es lógico que haya opositores cubanos que pretendan cambiar pacíficamente el sistema político-económico del país y que usen las posibilidades a su alcance con ese objetivo, cuando el Estado no financia la actividad política diversa. ¿Está obligada la gente a aceptar lo que no le parece bien y además ha demostrado su fracaso?

Quién se ha pasado decenios gritando que le quiten el bloqueo-embargo es el Gobierno cubano. La percepción interna y externa de que no estaría haciendo lo necesario para hacer avanzar el proceso de normalización, solo serviría para demostrar que tanto el antiimperialismo profesado, como el intento de acercamiento a Washington, serían las dos caras de un mismo estancamiento que utilizaría el lenguaje del cambio para no cambiar nada.

De manera que, guste o disguste a los dirigentes actuales y anteriores del oxímoron “socialismo estatal”, al descontento popular, aumentado por la incapacidad de la “actualización” para enfrentar los graves problemas de la sociedad cubana, habría que sumarle la decepción que ya está generando la extrema lentitud con que el Gobierno está tomando la “normalización”, y el hecho de que siga inmutable la filosofía de “ciudadela sitiada”, cuando todo el mundo sabe que  el “sitio” empezó a retirarse, que el jefe de los “enemigos” dio orden de levantarlo y que la amenaza de guerra y enfrentamiento con el imperio solo existe en la imaginación de algunos.

El Gobierno-Partido-Estado debería, por tanto, reconsiderar su maniqueísmo y empezar a andar con el paso de los nuevos tiempos que él mismo viene moviendo; aceptar la diversidad; abrir espacios al diálogo, al intercambio político, pacífico y democrático; dejar la intransigencia hacia la otredad y reconocer que existen otros intereses legítimos y auténticos entre los cubanos, aunque no se compartan; pues el cierre de esas opciones solo deja lugar a la violencia de ambas partes.

¿Y entonces? Entonces los únicos culpables habría que buscarlos en quiénes cierran los caminos del diálogo.