Cosas que CAMBIAN PARA SIEMPRE cuando vives en OTRO PAÍS

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uando miro atrás, me doy cuenta de que meter toda una vida en una maleta y mudarte a otro país quizás sea una de las mejores decisiones que podemos tomar jamás. Porque cuando te marchas, conviertes tu vida en viaje e incertidumbre, creces.
Decidir nunca es fácil. Es una de esas tareas complicadas que requieren listas de ventajas y desventajas, de las causas y las consecuencias, de los cambios que habrá que adoptar y las cosas que hemos de enfrentar. Por supuesto, se trata de una cuestión más mental que real porque nunca sabemos qué pasará realmente.
Te enfrentas a nuevos retos, descubres en ti cosas que desconocías, te sorprendes y te dejas sorprender por el mundo. Conoces y experimentas de primera mano nuevas culturas. Aprendes y amplías tus perspectivas. Aprendes a desaprender (la lección más difícil), a callar y a escuchar. Evolucionas. Añoras… y creas recuerdos que ya no te abandonarán.
Viajar nos taladra las ideas, las rompe, las expande. Nos enfrenta con nuestros prejuicios y nos confronta. Con cada viaje siento que soy una mejor versión de mí mismo.
Si has vivido o viajado durante una temporada lejos de casa, seguro que te sientes identificado con estas cosas que cambian cuando vives en otro país.

1. La rutina te abandona.

Desde el día en el que decides emprender el viaje, tu vida gira en torno entre un vaivén de emociones, de lo inesperado, de aprendizaje e improvisación. Los sentidos nunca duermen, y durante un tiempo desaparece la palabra “rutina” de tu diccionario para dejar paso a la adrenalina. Nuevos lugares, nuevas personas, nuevas sensaciones…comenzar de cero te asusta, pero es adictivo. Miedo y placer a lo desconocido. 2. Pero, cuando vuelves…todo sigue igual.

Así que, a la vuelta, cuando estás de nuevo en casa, te sorprende que todo siga igual. Tu vida ha cambiado a un ritmo frenético, llegas cargado de vivencias pero en tu casa todo transcurre a su ritmo habitual. Todos los demás siguen haciendo malabarismos con las obligaciones cotidianas, y en ese instante comprendes que la vida no se detiene para ti. 3. Te faltan y te sobran, muchas palabras.

Cuando te preguntan cómo va todo, te cuesta encontrar y responder con las palabras adecuadas. En ocasiones, a mitad de una conversación te acuerdas de mil y una anécdotas y como no quieres parecer pretencioso ni agobiar a los demás con tus batallitas de “tu otro país” decides, simplemente, omitirlas y reservártelas para ti.

4. ¿Te apetece? Hazlo.

Viajar nos acerca a lo lejano, nos pone de protagonistas de una película que hemos imaginado muchas veces pero que nada es como en el guión. No hay viaje sin el factor sorpresa, sin miedo, sin reto, sin escape, sin recompensa.
Muchas personas te dirán que eres valiente, que también les gustaría marcharse, pero no se atreven. Quizás por lo compromisos adquiridos, todos esos compromisos que has ido adoptando “sin darte cuenta” a lo largo de tu vida. (Más adelante, hablaré en otro artículo de ello, de cómo la sociedad está diseñada para atraparte en su sistema desde que eres niño).
¿Te apetece? Hazlo. Cuando das el salto, ya no hay valientes ni cobardes: pase lo que pase, te enfrentas a ello.
“Es peligroso, Frodo, cruzar tu puerta. Pones el pie en el camino y, si no vigilas tus pasos, nunca sabes a dónde te pueden llevar”. 5. Eres más libre.

A ver, posiblemente seas tan libre como antes, pero la sensación de libertad, ahora, es muy diferente. Abrumadora. Si has escapado de la comodidad y has logrado que todo funcione a miles de kilómetros de tu hogar, sientes que puedes enfrentarte a cualquier cosa.

6. Se te escapa alguna palabra en otro idioma.

Inmerso de lleno en esa espiral de descubrir cosas nuevas, hay algunas de ellas que no puedes describir de otra forma que no sea con esa palabra que sólo encuentras en su idioma original, y se cuela, a veces sin darte cuenta, entre tus conversaciones.
Cuando convives con una lengua extranjera, aprendes y desaprendes a la vez. Mientras interiorizas referentes culturales e insultos en tu segunda lengua, te sorprendes esforzándote en leer en tu lengua materna para que no se oxide. 7. Amplías tu perspectiva.

Entrar en contacto con otras culturas y otras personas te permite conocer cómo otros viven, piensan y, en general, su visión de las cosas.
Ello amplía tu perspectiva, porque te das cuenta de que no hay una única forma de ver y hacer las cosas, y de que en otros lugares viven de forma diferente a como estás acostumbrado. Cuando te sumerges en otra cultura y en otra sociedad, tu concepto de normalidad se fractura por completo.
Todas esas novedades hacen que vuelvas distinto a como te fuiste. Ahora tienes una visión más amplia del mundo y de las cosas que forman la vida, y por ello puedes distanciarte más de tu realidad y de los hechos que acontecen en esta para valorarlos más objetivamente. Aprendes que hay otras formas de hacer las cosas y, al cabo de un tiempo, tú también adoptas aquella costumbre antes impensable.

8. Ganas confianza.

Casi todos, por no decir todos, hemos tenido alguna vez problemas de confianza. Ello supone que dejemos escapar muchas oportunidades en la vida por miedo al rechazo o a no hacer bien y terminar lo que nos proponemos.
Viajar es el perfecto ejercicio para trabajar tu confianza en ti mismo, porque encontrarás un camino lleno de retos y desafíos. Será una exposición controlada a diferentes pruebas que tendrás que afrontar y superar quieras o no.
Con el tiempo, y tras superar todas estas pruebas y retos, como no vas a confiar en ti mismo, sólo tendrás que mirar atrás y darte cuenta de todo lo que ya has hecho, sin ayuda de nadie. 9. Aprendes a ser paciente y a pedir ayuda.

En otro país, la labor más sencilla puede convertirse en un desafío. Familiarizarte con la moneda, encontrar alojamiento, alquilar un coche, aclararte en el metro (si hay) o bus, encontrar buena comida, conocer gente nueva, encontrar la palabra adecuada…y un largo etc. Hay momentos que rozan la desesperación, pero pronto te armas con más paciencia de la que nunca tuviste, y aceptas que pedir ayuda (en el autobús, en la calle, a tus conocidos) no solo es inevitable, sino muy sano. 10. Valoras más lo que tienes.

Hasta que no dejas de tener algo no lo valoras en su justa medida. Estar fuera de tu hogar, lejos de ciertas comodidades y de personas que queremos, nos hace apreciarlas más a la vuelta. Apreciar lo que se tiene es importante para ser más feliz.
Las personas tendemos a fijarnos y centrar nuestra atención en las cosas negativas que nos suceden, pero ¿y qué pasa con las cosas buenas? Están ahí, sólo hace falta que las aprecies. 11. Aprendes a despedirte.

La vida humana es un flujo continuo de experiencias, personas y cosas. Pronto te das cuenta de que, ahora, muchas son de paso. Perfeccionas el equilibro entre crear lazos y saber desprenderte de objetos y recuerdos: una lucha perpetua entre nostalgia y pragmatismo.
Me recuerda a la cultura oriental en la que, tienen una visión más transitoria de la vida, en general sienten menos apego a cosas-objetos y también quizás a personas. No quiero decir que no quieran a sus seres más cercanos, sino que saben aceptar con mayor facilidad el separarse de alguien querido que nosotros. 12. El tiempo se mide en pequeños momentos.

Como si mirases desde la ventanilla trasera de un coche en marcha, a lo lejos el tiempo parece transcurrir muy lento, mientras que de cerca los detalles pasan a velocidad de vértigo. Desde la distancia, te llegan noticias de cómo sigue la vida en casa: cumpleaños, personas que se van, eventos que te perderás…sin embargo, en tu nuevo hogar, el día a día va muy deprisa. El concepto de tiempo se deforma tanto que aprendes a medirlo en pequeños momentos. 13. La nostalgia te asalta cuando menos te lo esperas.

Un alimento, una canción, un olor. Cualquier tontería basta para que, de repente, te invade la añoranza. Echas de menos detalles que nunca imaginaste y darías lo que fuera para poder transportarte, un instante, a aquel lugar. O para poder compartir la sensación con alguien que pudiera entenderte… 14. No es dónde, sino cuándo y cómo.

Aunque, en el fondo, no es que eches de menos un sitio, sino un extraño y mágico cóctel del lugar, el momento y las personas adecuadas. En cada lugar donde has vivido queda una pequeña porción de quien fuiste, pero a veces no basta con regresar a una ciudad para dejar de echarla de menos.

15. Cambias.

La mayoría de vosotr@s habréis leído que hay viajes que cambian la vida. Y es que, vivir en otro país es un viaje que te cambiará profundamente. Sacudirá tus raíces, tus certezas y tus miedos. Gracias a ese primer viaje, tal vez hoy, tengas esa oportunidad que de cualquier otro modo, jamás hubiera sido posible. 16. El hogar son los recuerdos.

Desde el momento en el que tu vida cabe en una maleta, lo que entendías por hogar deja de existir. Casi todo lo que puedes tocar con las manos es reemplazable. El hogar es quien te acompaña, quien dejas atrás, son las calles donde transcurre tu vida. El hogar también son los objetos al azar que pueblan tu nuevo piso, aquellos de los que te desprenderás sin remordimientos cuando llegue el momento de marcharte. El hogar son los recuerdos, las conversaciones en la distancia con familia y amigos, un puñado de fotografías. Home is where the heart is.

17. Y… no hay vuelta atrás.

Ahora ya sabes lo que significa renunciar a la comodidad, comenzar desde el principio y maravillarte todos los días. El mundo es tan grande… ¿que cómo renunciar a seguir descubriéndolo?
¿Has vivido en otros lugares? ¿Qué otras cosas añadirías a la lista? ¡Déjanos un comentario y cuéntanos tu experiencia!

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