Análisis | Cuba y los perfiles de su transición

Análisis | Cuba y los perfiles de su transición por conveniencia.

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Las reivindicaciones de justicia social y equidad que respaldaron los principios de la Revolución Cubana todavía están vigentes, pero como parte de un patrimonio democrático-liberal que siempre estuvo presente en toda América Latina. Si bien nuestra cultura de raíz ibérica amparó al dogmatismo y diseminó el autoritarismo imperante hasta el día de hoy, tampoco se puede negar que las consecuencias de las Revoluciones Francesa y Americana inspiraron múltiples visiones para edificar la ciudadanía moderna en beneficio de la igualdad. Esto todavía alimenta los aires revolucionarios, reactualizando la necesidad de luchar por una estructura social y económica libre de desigualdades; empero, la Revolución Cubana desgastó sus características reivindicativas y preservó las tendencias dictatoriales como cualquier régimen comunista, tratando de eliminar progresivamente aquellas opciones para la defensa liberal de la democracia en la región.

Por otra parte, el ciudadano está encerrado en un solo frente: aceptar el aparato de dominación comunista y soportar la llegada de grandes centros comerciales donde el costo de cualquier mercancía importada está a la par de los precios internacionales y el dólar; es decir, desde el agua y las gaseosas, hasta los electrodomésticos, los costos de vida en Cuba se han incrementado llegando inclusive a un trescientos por ciento.

El desabastecimiento no existe, siempre y cuando la gente tenga euros y convertibles cubanos (la moneda que substituye a los dólares). Si bien los productos no abundan, el mercado está bastante diversificado y muchos son de pésima calidad, posiblemente provenientes de China, India o Vietnam que no tienen marca ni etiquetas. Sin embargo, todo está ahí al alcance de quienes tengan dinero. La economía mercantil puso todo su arsenal en grandes shopping centers, acrecentando la brecha entre aquellos que pueden comprar y quienes son demasiado pobres al no tener acceso  a dólares, convertibles cubanos o euros.

El partido purifica las opiniones divergentes sobre la transición cubana y, por lo tanto, el Estado sanciona cualquier oposición a las políticas de mercado, o simplemente ignora la reproducción de las desigualdades, un objetivo que la revolución se había propuesto cambiar y no pudo.

Las nuevas generaciones quieren revelarse ante los idearios del viejo sistema socialista y ejercen presión para que el régimen instaure una apertura con amplitud social, en lo posible menos centralizada por el Estado y el Partido Comunista. Pero la sociedad civil está enclaustrada en los viejos prejuicios e ilusiones, pues todo intento de transformación no tiene el rango de mayores alternativas: se tiene miedo a lo que pueda venir sin la carga del socialismo, lo cual tampoco es parte de un debate ciudadano. Al no existir una sociedad civil madura, sus derechos a ejercer una ciudadanía más libre y menos politizada son completamente endebles.

La gran insuficiencia del socialismo a escala mundial residió en no haber logrado acumular fuerzas culturales que desarrollasen una sociedad civil con habilidades críticas, y con el incremento de un capital simbólico caracterizado por la reflexión permanente y la dilucidación de problemas. El socialismo no consiguió fundar estructuras donde la libertad individual y la capacidad de decidir estuvieran afincadas en la autodeterminación madura y el fomento de una personalidad inclinada hacia un conjunto de visiones pluralistas sobre la vida. Sólo así sería más eficaz la posibilidad de favorecer una lucha sistemática contra el capitalismo.

Asimismo, el modelo de sociedad y economía capitalistas, debido a su naturaleza y al funcionamiento de la acumulación monetaria, no puede aplicarse por medio de meras exigencias prácticas, o por conveniencia, como lo está haciendo ahora el Partido Comunista de Cuba. Su estrategia, amparada en el desarrollo del mercado y el turismo de lujo, no debería prescindir de fuerzas adicionales como el estímulo de una sociedad civil más esclarecida y un conjunto de conocimientos abiertos a las realidades del siglo XXI, con los que se implanta una cultura democrática de la cotidianidad.

La transición cubana está siendo impuesta de manera injusta e implacable, sin permitir que sean las realizaciones personales, la convivencia social con decisiones propias y el pluralismo ideológico, los motores que induzcan el establecimiento de un nuevo modelo de sociedad. Por ahora, la imposición forzada de una transición hacia el libre mercado encumbra el resentimiento y los celos de miles de cubanos pobres que se ven frustrados de alcanzar sus objetivos, al no tener una vida más próspera y menos asfixiada por un partido todopoderoso.

La dicotomía entre socialismo y capitalismo deja ver, por un lado, a los socialistas entrabados en el pasado y los sueños por procrear al hombre nuevo, que no rompieron con los esquemas de una economía pro-capitalista y los principios individualistas para conquistar una sociedad más igualitaria. Hoy está claro que la desigualdad en América Latina despunta, tanto en toda su estructura de democracias modernas, como en el mismo sistema cubano, que al tratar de superar los problemas del socialismo, también ha reproducido diversas iniquidades.

Por otro lado, la globalización tampoco transfirió una tecnología que impulse diferentes canales de cooperación con los países industrializados. El sistema internacional se ha hecho más desigual, fuertemente jerarquizado y está ampliando aún más las brechas entre los países desarrollados y el tercer mundo, siempre rezagado y preocupado por las formas de dependencia en las que vive. Este conflicto ha llevado a que el discurso socialista desde Cuba siga justificando una ideología anti-imperialista y condenando la aplicación de las políticas económicas liberales en el ámbito internacional, aunque por dentro, la isla utilice a la economía de mercado para destruir el embargo estadounidense, retrasando, al mismo tiempo, mayores reformas estructurales que siguen sin llegar al país caribeño.

Las principales contradicciones económicas y políticas

La deuda externa cubana a comienzos del siglo XXI representaba alrededor de 31.681 millones de dólares, mientras que la inversión extranjera se estancó en 2 mil millones. Sin embargo, toda cifra en estos rubros es considerada secreto de Estado, pues Cuba no transparenta su información estadística para mantener desinformada a su sociedad civil. El comercio exterior depende de los vínculos y relaciones estratégicas con países proclives a su pensamiento, tratando de conformar bloques de oposición anti-capitalista, lo cual resulta poco ventajoso para reconstruir programas de desarrollo sustentados en las viejas políticas de economía centralizada y planificación socialista.

La desaparición de la Unión Soviética desestabilizó profundamente a la economía cubana, generando en la isla un desempleo directo, posiblemente del 8%, y un subempleo que alcanza al 30% en la actualidad. A esto se suman las remesas de los cubanos-estadounidenses, que si bien han oxigenado en parte la crisis económica, están sometidas a constantes restricciones porque los grupos de oposición anticastristas buscan debilitar indirectamente al peso cubano, en tanto que el Banco Central de la Habana aprovecha las divisas con impuestos directos al envío de cualquier remesa.

El flujo de divisas encareció la canasta familiar cubana y es increíble ver cómo la mayoría de las familias tienen un ingreso promedio de 15 dólares por mes, aproximadamente. La canasta familiar entregada por el gobierno cuesta 25 pesos; sin embargo, 53% de las familias tiene entre 2 y 7 dólares para comprar productos adicionales en el mercado negro. Un 40% debe subsistir prácticamente con menos de 2,5 dólares para hacer frente a otras necesidades que no cubren el subsidio estatal.

Frente a este panorama, el gobierno cubano generó proyectos bajo los supuestos de una voluntad revolucionaria, por lo que en el período 2008-2012 unos 150 mil agricultores recibieron en usufructo casi 1,4 millones de hectáreas, eliminándose varias instancias estatales en la distribución de productos del agro, lo cual ha facilitado las ventas agrícolas directas. Los trabajadores por cuenta propia crecieron a 350 mil, el doble del periodo 2007-2012. En el siglo XXI de transición hacia el mercado, se ampliaron las cooperativas y el arriendo de locales para diferentes oficios y otros servicios urbanos.

A esta estructura económica se agregan las ventas de níquel y tabaco con precios favorables en las exportaciones y, sobre todo, la industria del turismo que es uno de los principales sustentos, ligada a la publicidad del placer en el Caribe y el desarrollo de la prostitución en gran escala. Los balnearios son la industria que está produciendo buenos ingresos para la débil economía, aunque el distintivo principal consiste en el turismo sexual y la diversión playera suntuosa donde el Estado comunista ha invertido millones de dólares. Solamente en las playas de Varadero existen 70 hoteles bien montados, mientras que Cayo Largo del Sur, Cayo Levisa y los Jardines de la Reina, entre otros, poseen una infraestructura hotelera de envidia para mercantilizar todo sitio turístico.

Los subsidios estatales en distintos sectores empresariales siguen siendo una carga muy pesada para la isla, reforzando la concepción de un modelo totalitario, austero y represor, donde la ciudadanía está presionada constantemente con una supuesta intervención estadounidense que revive todo el tiempo lo ocurrido en Playa Girón. Si bien el discurso anti-imperialista está desgastado, es todavía propicio para mantener vivo el espíritu de los cubanos, en constante pugna respecto a quién es más revolucionario. De cualquier manera, el Partido Comunista está logrando que la transición cubana se integre a la economía mundial, disolviendo progresivamente el ideario y comunidad socialistas.

Conclusión

La democracia moderna y pluripartidista en Cuba tiene pocas posibilidades de prosperar porque el concepto de pueblo en el ejercicio del poder se ha convertido en la extensión de un modelo de partido único, de militancia y voto único. No corresponde entretenerse en una discusión sobre cuál sistema es mejor, si el socialismo o la democracia pluralista; lo cierto es que ambos ofrecen una llave y un candado porque el régimen cubano está acostumbrado a vivir sólo de ilusiones y tampoco está en condiciones de adaptarse a un sistema democrático en el cual, posiblemente, no se satisfagan plenamente los beneficios materiales o económicos. En el otro extremo, el socialismo, que intenta enorgullecerse por proteger sus éxitos en materia de política social, no funcionaría sin los excesos del autoritarismo y el uso de la violencia para imponer cualquier decisión política.

Son imprescindibles las transformaciones sociales y económicas en la isla, aunque éstas deben ser graduales y contemplando programas de apertura real sin restricciones para la ciudadanía en las nuevas decisiones del Estado. El liderazgo político también tendría que estar sujeto a un debate democrático amplio, sobre la base de reglas electorales. En el fondo, el voto del pueblo debería escoger el nuevo modelo o sistema de convivencia socio-político, según los principios e idiosincrasia proyectados por los propios cubanos.

Los países del hemisferio no tienen por qué aprovecharse de la crisis en la isla, razón por la cual América Latina tendría que mantener un sistema de comunicación y apertura, tratando de asesorar sobre los pros y contras de la democratización, así como sobre los efectos distorsionantes de la economía de mercado, dejando a la voluntad del pueblo cubano el futuro de una transformación real y definitiva.

Mientras se trate de forzar desde afuera cualquier cambio sin legitimidad social al interior de la isla, el totalitarismo del régimen comunista será más difícil de combatir. El debate continúa abierto aunque, lamentablemente, el discurso y la contraofensiva del gobierno de Raúl Castro siguen dominando, junto a una población civil con pocas alternativas de subsistencia.

Las nuevas generaciones cubanas poseen una estructura ideológica distinta a la que peleó contra Fulgencio Batista; sus objetivos son contemporáneos y demandan un nuevo debate en su lucha por la inclusión y acceso al mercado mundial, a la tecnología y a un nuevo despegue de la ciencia e investigación, que en la actualidad siguen secuestradas para alentar una improductiva oposición al sistema capitalista.

El proceso cubano de transición está, irónicamente, conectado una vez más a las recetas capitalistas de libre mercado porque no le queda otra opción; sin embargo, aún no se han generado sólidos consensos para visualizar soluciones legitimadas en las grandes mayorías. Por ahora no se vislumbran salidas democráticas en la política cubana, que seguirá ahogándose en sus propios ideales de resistencia y revolución. Los países e instituciones internacionales que pueden influenciar en una democratización, tienden siempre a condicionar a su imagen y semejanza algunas posibilidades y, por lo tanto, se hace inviable una pronta solución porque lo mejor sería que el pueblo cubano ejecute otra revolución para terminar de una vez por todas con el socialismo.