No soy otra cosa que cubano. Entrevista con Carlos Alberto Montaner

No soy otra cosa que cubano.

No soy otra cosa que cubano

Entrevista con  Carlos Alberto Montaner, escritor, periodista y… político

Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner. (14ymedio)

Carlos Alberto Montaner ha sido durante muchos años una especie de bestia negra en la propaganda oficial del gobierno cubano. Acusado de terrorista, agente de la CIA, eminencia gris de la contrarrevolución mundial, es en la vida real un académico y periodista que se ha metido en política sin perder su vocación de escritor. En su casa de Miami, frente a un ventanal donde se divisa ese horizonte bipolar compartido por Cuba y la Florida, responde las preguntas de 14ymedio.

Pregunta. Usted ha tenido cuatro pasiones: la enseñanza, el periodismo, la política y la literatura. Las ha ido llevando de forma alternativa aunque por momentos alguna ha predominado sobre la otra. ¿Seguirá siendo así?

Respuesta. Fui durante cuatro años profesor de una universidad en Puerto Rico, disfruté mucho lo que hice. Siempre me ha gustado enseñar, impartir conferencias, dar clases. Pero sigo haciendo periodismo, no he renunciado a la política y cada vez tengo más ganas de escribir novelas.

P. El periodismo tiene muchos dilemas: cumplir un encargo político, complacer a los lectores como si la información fuera una mercancía más y asumir un compromiso con la verdad. ¿Por cuál se decide usted?

R. Ese es un debate de mucha actualidad. En los Estados Unidos han querido convertir a los periodistas en una máquina objetiva sin corazón ni compasión que no puede hacer juicios de carácter moral, porque eso supuestamente los desacredita. Creo que eso es un error. En esas distintas vidas que tiene uno por las diferentes ocupaciones que desempeña, hay muchas responsabilidades: uno tiene que cuidar a su familia, hay una responsabilidad profesional y hay una responsabilidad cívica con el conjunto de la sociedad donde uno vive, y eso exige tomar decisiones de carácter moral que a veces están reñidas con el criterio demasiado estrecho que se tiene del periodismo.

P. ¿Pero hay que complacer a los lectores de todas formas?

R. El periodista está en la obligación de interpretar lo que la sociedad quiere. Si uno no se convierte en una persona capaz de resumir y  argumentar lo que la sociedad barrunta entonces no va a conectar con la sociedad, con los lectores. Una cosa que he aprendido con los años es que la mayor parte de la gente que te lee lo que va a buscar es la corroboración de sus criterios, la organización coherente de sus criterios.

Cuando tú has logrado llevar a un lenguaje comprensible las emociones y creencias de esas personas, entonces te conviertes en un periodista que ha acertado. Los elementos autoritarios mienten cuando dicen que los periódicos representan los intereses de los propietarios. Eso no es verdad. Para que un medio funcione tiene que representar los criterios e intereses de sus lectores, ser un portavoz de un sector de la sociedad. 

Me parecieron repugnantes las matanzas de los primeros tiempos y Fidel Castro me dio la impresión de ser una persona detestable

P. El Montaner político: ¿Nació liberal, ha sido siempre liberal, morirá liberal?

R. Yo tuve mi evolución. Por muy poco tiempo fui un muchacho revolucionario que creyó en la revolución, pero casi de inmediato me parecieron repugnantes las matanzas de los primeros tiempos y Fidel Castro me dio la impresión de ser una persona detestable. Nadie que hable tantas horas seguidas puede ser una persona fiable para nada. Luego me sentí socialdemócrata. Eso me duró más. La primera conferencia que di siendo muy joven, con 18 o 19 años, versaba sobre la supuesta falsedad de esa afirmación de que “el Estado era mal administrador”. Tuve un periodo hasta los años 70 en el que creía que la solución socialdemócrata era la mejor.

Al trasladarme a España en los años 70 y vivir intensamente el cambio y acercarme a los grupos liberales españoles, descubrí algo que en Cuba casi nadie conocía, que era el pensamiento liberal. Era la época en que se vendió el triunfo de las ideas keynesianas, la socialdemocracia y todo eso.

P. ¿Cree usted que es falso el dilema entre justicia social y libertad?

R. Siempre hay un momento en que habrá que tomar decisiones frente a ese dilema, pero para empezar, para mí resulta muy difícil hoy en día aceptar la idea de que existe una cosa abstracta que es la justicia social. Yo no sé qué es eso y no lo sé porque en realidad nadie sabe qué es eso. Son suposiciones de que le corresponde a cierto número de personas un cierto número de bienes y que hay unos funcionarios que arbitrariamente son los que saben cuáles son esos bienes y cuáles son las personas a quienes hay que asignárselos, y para colmo esos funcionarios toman decisiones en esa dirección y lo que hacen son atropellos y destruir la posibilidad de la creación de riquezas.

Ahora bien, dicho esto, lo importante es que todos los que puedan competir tengan las mismas posibilidades, que todos tengan la oportunidad de estudiar y la mayor cantidad de salud posible. No se le puede pedir a un niño desnutrido que viene de un hogar muy pobre que compita cuando sus posibilidades son limitadas frente a los demás. Hay que crear las condiciones para que las personas puedan desarrollar sus sueños y perseguir sus objetivos, que además cambian con la evolución de la vida. Cada uno tiene sus proyectos. Hay quien quiere ser filósofo y hay quien quiere ser empresario. Nadie tiene derecho a decidir qué es lo que le conviene a los demás.

Ese es uno de los grandes atropellos del socialismo: la existencia de una cúpula dirigente que es quien sabe qué es la felicidad, cuál debe ser el precio de las cosas, qué debemos consumir,  qué debemos estudiar, dónde debemos trabajar. La libertad consiste precisamente en eso, en poder tomar decisiones. Mientras más decisiones puedes tomar, más libre eres. 

Me interesa participar en cualquier proceso de cambio que haya en Cuba, pero creo que (este) proceso debe estar en manos de gente joven dentro de Cuba

P. Todas las señales indican que a partir de ahora usted le va a dedicar más tiempo a la literatura que a la política. ¿Es eso cierto?

R. La literatura, escribir libros de ficción, es una actividad más apropiada para la tercera edad que la política, que es una actividad para gente mucho más joven.

P. ¿Quiere decir eso que ha renunciado a la política?

R. No se renuncia nunca a la política de la misma manera que tampoco se le escoge. La vocación política viene de una forma natural. Tengo una vocación política y todavía me interesa participar en cualquier proceso de cambio que haya en Cuba, pero creo que la dirección de cualquier proceso de ese tipo debe estar en manos de gente joven que esté dentro de Cuba.

P. Usted tiene una formulación clara del tipo de periodista y la clase de político que quiere ser. ¿Tiene definido su estilo como novelista?

R. Creo que el lenguaje debe ser usado en beneficio del lector. No creo en la literatura barroca ni en el valor de la frase que no se entiende. El gongorismo nunca me ha interesado. Lezama Lima me parece una figura muy respetable, pero no es una lectura que a mi me interese, y eso para mencionar un paradigma del tipo de literatura que obtiene su calidad y su rango académico y literario como consecuencia de su dificultad. Lo importante para mi es poder decir las cosas de una manera elegante, creativa, pero transparente, eso en cuanto a la forma.

Luego están los aspectos técnicos del uso de las personas gramaticales, el uso de los adjetivos precisos, en fin el manejo del idioma. Yo he publicado cinco novelas, tengo una sexta comenzada. En la primera, Perro mundo, cuento algo que yo viví y es básicamente la historia de unas personas que se ven colocadas ante una disyuntiva terrible: o se someten o se mueren. Hay un personaje que decide morir antes que someterse porque su única posibilidad de actuar como un ser humano es decir no, negarse a lo que le quieren imponer, porque aceptar lo lleva a ser un animal.

A partir de ahí lo que me ha interesado es contar historias con personajes de ficción colocados en escenarios reales. La trama juega con la historia de la voladura del Maine, aquel acorazado que al explotar en la bahía de La Habana provocó la intervención de los Estados Unidos en la Guerra de Independencia. Julio Lobo, el magnate azucarero cubano que coleccionaba objetos y documentos curiosos -entre ellos el acta de la independencia de Chile y cosas así- poseía una declaración jurada de un grupo de anarquistas de principios del siglo XX donde afirmaban que habían sido ellos los que habían realizado la explosión. A partir de ese dato construyo esa historia, cómo fue que unos anarquistas volaron el Maine en abril de 1898. Utilizo el marco de cómo funcionaban los anarquistas en Estados Unidos y allí desarrollo la trama.

Pasan los años y dedicado a actividades políticas y empresariales, retomo la novela con La mujer del coronel , una historia real donde había un elemento de reto personal. Yo quería explorar lo más difícil que hay, que es el lenguaje erótico, difícil porque cuando la gente se quita la ropa dice cosas que pueden ser no muy literarias y que pueden llegar a ser tomadas como obscenas. Te mueves entre la cursilería y la vulgaridad. En este caso había dos elementos, yo quería contar la historia de lo que me parece el peor horror de la revolución cubana que es el control afectivo de las personas. Decidir a quién puedes querer y a quién no, y castigarte cuando te apartas de lo que ellos creen.

Cuando a principios de los años 60 el Gobierno decidió que los que se quedaban en Cuba no debían tener relaciones con los familiares que se marchaban del país, eso fue un crimen terrible. Dar la orden que uno no puede querer a su madre, a un hermano, a sus amigos, eso es terrible. Yo había tenido la experiencia en Puerto Rico cuando llegó una delegación de deportistas cubanos al frente de los cuales venía el director del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER), José Llanusa, que había sido amigo  mío y mi entrenador de baloncesto. La madre de este señor, que llegó a ser ministro de Educación en Cuba, se había exiliado en Puerto Rico y como estaba gravemente enferma quería ver a su hijo antes de morir. Pero él decidió no ir a verla porque prefirió comportarse como un revolucionario. Ese deseo de pretender convertirse en dueño de las emociones humanas y ante el cual siempre me he rebelado es lo que quise contar a partir de la historia de un hombre, un alto oficial del ejército a quien le ordenan que debe separarse de su esposa porque hay pruebas de que le ha sido infiel.

Me encantaría tomarme un café con ustedes en la redacción de 14ymedio (pero) creo que moriré sin volver a Cuba

La cuarta novela es Otra vez adiós , que es la que más me gusta. Leí una vez que Freud cada diez años se mandaba a hacer un retrato y esta es la historia del retratista de Freud que, como era judío, tuvo que huir de Alemania y terminó en Cuba. Termina teniendo que decir otra vez adiós cuando llega la revolución a Cuba y se va a Nueva York.

Ahora ha salido de la imprenta Tiempo de canallas , que es deudora de Otra vez adiós porque ahí había un capítulo sobre la Guerra Fría que relata cómo se forma en la Isla un frente anticomunista donde estaban Salvador de Maradiaga y Julián Gorqueño, quienes contaban en Cuba con Raúl Roa. Era la época en que se celebraba en La Habana el Congreso por la Libertad de la Cultura. Me di cuenta que esa historia del combate de las ideas entre la Unión Soviética y los Estados Unidos era tan extraordinaria que merecía tratarla como un tema aparte en otro libro.

Tiempo de canallas es un thriller político que se desarrolla en los momentos en que se crea la Agencia Central de Inteligencia. Allí se narra la naturaleza de aquellos congresos mundiales por la paz que descansaban en un concepto propagandístico con una estructura binaria donde estaban los comunistas buenos y los capitalistas malvados… Pero no te cuento más, porque es un thriller .

P. ¿Le gustaría volver a Cuba?

R. Sí, me gustaría. No soy otra cosa que cubano, aunque tengo otras dos nacionalidades, la española y la norteamericana. Salí de la Isla con 18 años y ahora tengo 71. Me gustaría participar en la reconstrucción de Cuba, me encantaría tomarme un café con ustedes en la redacción de 14ymedio , pasear por los lugares de mi infancia o por las ruinas de los lugares de mi infancia. Crecí en la calle Tejadillo en la Habana Vieja, que era un lugar muy agradable donde se escuchaban los campanadas de la Catedral…

P. ¿Cree que eso será posible?

R. No. Creo que moriré sin volver a Cuba.