¿Quién escribe la historia? Por Miriam Celaya 14Ymedio

¿Quién escribe la historia?.

¿Quién escribe la historia?

 

Nadie hubiese anticipado poco tiempo atrás que las fórmulas para definir la realidad cubana se transformarían tan radicalmente. En el último lustro hemos estado asistiendo a la gradual extinción de frases y vocablos que constituyeron parte indispensable del argot oficialista, y al surgimiento de otras, que habían sido demonizadas, por considerarse rezagos de un pasado burgués oprobioso del que nos había salvado la revolución de 1959.

El habla está anticipando un escenario que se avizora muy diferente al de los últimos 50 años. Ya resulta poco frecuente escuchar entre nosotros el apelativo de “compañero”, en tanto en los medios oficiales escasean las frases “intransigencia revolucionaria”, “emulación socialista”, “trabajo voluntario”, “colectivo vanguardia”, “estímulos morales” y otras, propias del viejo dialecto ineludible del período sovieto-marxista.

Así, los cubanos hemos vuelto a ser “señor” y “señora”, y también hemos dejado de ser “usuarios” o “consumidores”, para transformarnos en “clientes”. No es lo mismo, ni es igual. Es cuestión de categorías basadas en el nivel de acceso al consumo. Por ejemplo, quienes acuden a un comercio en moneda nacional, de esos que venden los productos de las llamadas “industrias locales”, siguen siendo “consumidores”. No así los que compran en las tiendas de recaudación de divisas: estos son “clientes”.

Ahora ser “compañero” significa pertenecer a lo más bajo de la escala social

También son clientes para la empresa telefónica los cubanos que se abren una cuenta de telefonía celular; y lo son aquellos que se pueden permitir unos días de vacaciones en las modalidades de todo incluido de algún balneario. Vale aclarar que tampoco es lo mismo un cliente cubano que uno extranjero, que a fin de cuentas la prosperidad aquí siempre viene “de afuera”. No por gusto solo son los extranjeros o los cubanos residentes en el exterior quienes tienen el legítimo derecho de invertir en la Isla.

Todo esto explica la extinción del “compañero” entre los cubanos con mayor poder adquisitivo, y por extensión, entre los que sueñan con tener ese nivel. Ahora ser “compañero” significa pertenecer a lo más bajo de la escala social, o –para definirlo por el habla popular, esa que nunca muere– estar “estrallao”. Los compañeros están pasados de moda.

A la vez, en la prensa oficial se han hecho habituales los términos “inversionistas”, “capitales extranjeros”, “rentabilidad”, “competencia”, “estrategias económicas”, “autonomía empresarial”, “comercio”, “cultura tributaria”, “garantías jurídicas para las inversiones”, etc., que acusan la gestación de un paradigma diametralmente opuesto al viejo discurso revolucionario.

Tampoco hay que creer que se han abandonado del todo los eufemismos. Para las autoridades cubanas no existe en la Isla el sector privado, sino “formas no estatales de empleo”, y tampoco hay empresarios nativos, sino “trabajadores por cuenta propia”.

Pero no solo desde el poder político cubano se está transformando el discurso. Ahora que los intereses de la castrocracia excomunista coinciden graciosamente con los del capital foráneo, se están verificando cambios también en el discurso y en las actitudes de ciertos empresarios cubano-americanos, así como en sectores de la intelectualidad y de la política estadounidense.

Los intereses de la castrocracia excomunista coinciden graciosamente con los del capital foráneo

Ellos no se limitan a la renovación del vocabulario, sino que van más lejos al interpretar las llamadas reformas raulistas como el motor impulsor de “cambios significativos” que están dando lugar al “desarrollo del potencial empresarial” de los “ciudadanos” cubanos, en virtud de lo cual en este momento existe “medio millón de empresarios” en la Isla, que son los “emprendedores”, el “catalizador democrático” que permitirá “el empoderamiento de la sociedad civil”. De hecho, estos “empresarios” surgidos al calor de las reformas estarían “empezando a reescribir” la historia del país.

Inexplicablemente, un grupo de aquellos que a inicios de este proceso “revolucionario” se sintieron urgidos a hacer las maletas y se marcharon de su tierra natal, no sin antes haber sido despojados de sus propiedades y de sus capitales, hoy parecen asumir como posible la “autonomía económica” en ausencia de libertades políticas y cívicas, e incluso creen viable llevar adelante la democratización de Cuba aprovechando las “aperturas” económicas de los últimos años y un imaginario empresariado insular. Una fórmula que se contradice con los hechos de la historia, toda vez que esos mismos millonarios siquitrillados, con su gran capital, no impidieron en su momento la consolidación del régimen que los esquilmó. ¿Qué posibilidades tendría, en la nueva estrategia democratizadora nuestro magro empresariado nativo –léase taxistas, carretilleros, quincalleros, “bicitaxistas”, propietarios de pequeños negocios de fondas y cafeterías–, cuando no cuenta siquiera con el elemental derecho de libre asociación?

No se trata de negarnos al imperativo de las transformaciones ni al poder del capital, pero tampoco disfracemos con discursos retóricos y buenas intenciones ciertos intereses particulares. Capital y buenos deseos han tenido a raudales chinos y vietnamitas, esas dos joyas ejemplares de modernización y prosperidad que nadie querría para sí mismo.

Coincido con que la historia de Cuba, en efecto, se está reescribiendo, pero hasta ahora es la castrocracia quien dicta el texto.