Acercamiento a la diáspora post-soviética en Cuba

Acercamiento a la diáspora post-soviética en Cuba.

Uno de los últimos ingredientes del actual “ajiaco” cubano está invisibilizado: es la segunda generación de la diáspora post-soviética de Cuba, los descendientes de parejas formadas por habitantes (casi siempre mujeres) de la (ex)URSS y (casi siempre hombres) de Cuba. Existen muy pocos estudios sobre los rasgos identitarios de la comunidad de ciudadanas ex-soviéticas y de sus descendientes en Cuba. La misma denominación de su identidad es polémica: el generalizado uso impropio de apelativos como “rusas” o “ruso-parlantes” muestra la falta de un nombre adecuado para este hecho social. En la manera en que ellos mismos se designan, es curioso notar que se sobreponen la clasificación étnica oficial que existía en la antigua URSS, las nuevas soberanías de la CEI y Baltia, y los “ingredientes” ya conocidos del “ajiaco” cubano con la labor de las embajadas en aras de crear grupos comunitarios propios. Según fuentes diplomáticas, la comunidad agrupa unas 3 000 personas repartidas en tres generaciones, número superior al de la actual comunidad judía y comparable a los de la árabe y la china. Por tanto, la diáspora post-soviética en Cuba es susceptible de reivindicación en tanto reciente y significativa contribución al “ajiaco” cubano.

2Casi toda la segunda generación de la diáspora ostenta la ciudadanía cubana, conforme a la Constitución Nacional (1976, reformada en 1978, 1992, 2002) que establece el derecho de sangre y de suelo para la adquisición de la misma, y su pérdida si se adquiere la de otro país. En los países de la ex-URSS las respectivas legislaciones son muy diversas. Muchas personas con doble ciudadanía votan en las embajadas respectivas cuando hay elecciones, este momento es para muchos el único contacto con sus países de origen ya que desde la introducción de la doble moneda en Cuba, los viajes al exterior son prácticamente imposibles sin un apoyo monetario desde el exterior.

3En materia de espacios asociativos y centros de socialización, la diáspora post-soviética en Cuba está en las antípodas de otras, como la china (con 13 asociaciones oficialmente inscritas, todas fundadas antes de 1959) y la árabe. Con la nueva ley de asociaciones, posterior a 1959 y los procedimientos vigentes de facto que requieren del ejercicio de la voluntad política como precondición, se ha minimizado la inscripción de nuevas asociaciones étnicas y religiosas. Desde los ‘80 se ha propuesto crear una asociación de la diáspora post-soviética, hasta hoy infructuosamente. El protagonismo duradero ha cristalizado en diversos núcleos y proyectos, entre los que radican en La Habana una parroquia de la Iglesia Ortodoxa Rusa (recientemente se inauguró su templo), el Centro Cultural Etnográfico “Rodnikí (Manantiales)”, auspiciado por la Dirección Municipal de Cultura de Playa; el coro tradicional “Kalinka”; grupos promotores en Arroyo Naranjo y Alamar; y el colectivo de graduados de la Escuela Rusa. En Holguín, Bayamo y Ciego de Ávila también existen importantes grupos promotores. El proyecto investigativo-creativo coordinado por los autores de este texto, auspiciado por la Asociación Hermanos Saíz, organizó con apoyo de la Embajada de Rusia los dos seminarios “Koniec” en Sancti Spiritus – dedicados al cine de animación de Europa Oriental – y el primer Encuentro de Compatriotas (2007) en el que se constituyó un Consejo Coordinador para toda Cuba. En 2008 hubo un segundo encuentro que renovó el Consejo, que aun no cuenta con personalidad jurídica.

4La formación de las parejas mixtas en la URSS estuvo mediada por estereotipos geográficos, históricos, artístico-literarios, políticos, sexuales y por el nunca uniforme reconocimiento socio-comunitario de los estudiantes cubanos donde éstos estudiaban y vivían. Las actitudes hacia los cubanos y las chicas soviéticas que, en pleno post-estalinismo, elegían enlazar su vida con la de un extranjero (acto cuestionable en ámbitos patriarcales u oficialistas) podían variar. La combinación de tales factores diversificó las decisiones y destinos particulares; habrá que compilar historias de vida para divisar en las vivencias románticas la superposición de microambientes, polémicas políticas y búsquedas existenciales.

5Son muy raros los casos de parejas de mujeres cubanas y hombres (ex)soviéticos. El estereotipo asocia este hecho al supuestamente superior desempeño sexual del “macho” cubano. La asimetría sexista del mito se evidencia en su desdén por el supuesto erotismo de la mujer caribeña, de quienes muchas compartieron estudios y albergues con los soviéticos. El enfoque de género en estas investigaciones es indispensable. Según las fuentes, al menos en algunos casos las organizaciones cubanas trataban diferencialmente a los y las estudiantes según sus sexos, matizando de “compromiso revolucionario” el machismo criollo. Tales micro-políticas hacían más difícil para una cubana el noviazgo con un soviético. Aun quedan por poner a la luz las normas legales y para-legales (partidistas, juveniles, etc.) detrás de esos casos. Otros factores, como los deberes militares, obligarían a la pareja a asentarse en el país de su parte masculina.

6La perestroika, la glásnost, los conflictos interétnicos, la disolución de la URSS en 1991, la subsiguiente crisis, el período especial en Cuba: ¿se pueden hacer generalizaciones sobre estas marcas traumáticas en los cuerpos de seres que en la mayoría de los casos cruzaron por vez primera el océano en busca de un sueño? Una especial atención la merece la segunda generación de la diáspora. El perfil cultural de la subjetividad de los descendientes de doble origen pasa por el indiscutible hecho del derrumbamiento de los refugios afectivos (en la mayoría de los casos, fracaso del diálogo inter-cultural, intra-familiar y separación de sus padres) y socio-culturales (conocer en carne propia la imprevisible vulnerabilidad histórica y no poder guarecerse en una comunidad imaginaria «propia», a causa del relativismo e indeterminación cultural). Son imaginarios que no pueden dejarse fluir en busca de una esencia identitaria cultural “propia” (nacional, étnica, histórica) permanente, pues conocen demasiado sobre el relativismo cultural (por su pertenencia a al menos dos formaciones étnico-civilizatorias), aunque probablemente ese término les suene a excesivamente “intelectualoide”; por otra parte, ya saben en carne propia que los metarrelatos culturales resultan vulnerables a determinadas políticas concretas, capaces de meter una superpotencia en una trayectoria caótica sin un final previsible, así que les es muy difícil cifrar esperanzas en las grandes utopías colectivas. El lugar común de su auto-representación parece ser un traumatismo identitario que cristaliza en la renuncia a una de las «mitades» a veces generando propuestas creativas con códigos algo crípticos.

7Las prácticas culturales de los jóvenes de la segunda generación combinan hábitos de ambas culturas con cuestionamientos y lecturas profundas, preocupaciones espirituales intensas, vivencias traumáticas – incluyendo casos de suicidio. En los espacios observados, se ha hablado castellano, ruso, ucraniano, georgiano, entre otras lenguas; alguno/as sujetos tienden a discriminar entre lo/as que entienden ruso y lo/as que no, pero otro/as no lo hacen, y hay quienes se preocupan especialmente por hacerse entender si alguien no conoce un idioma o código cultural. Siempre tienden a existir zonas ocultas, no para consumo colectivo – pero en general la comunicación es buena. Hay casos singulares de quienes manifiestan su identidad en público mediante prácticas estereotipadas (tomar vodka, hablar en ruso en voz alta). Hay tensión entre las visiones folcloristas de identidades post-soviéticas en Cuba y las perspectivas creadoras.

8Entre los retos, obstáculos y amenazas que enfrenta la diáspora post-soviética en Cuba están la crisis e inestabilidad económica, incluyendo necesidades especiales (viajes, conectividad), los problemas legales (de Cuba y los países de origen: ciudadanía, permisos de salida, imposibilidad de operar legalmente negocios o ejercer oficios tradicionales, de fundar asociaciones), lingüísticos, psicológicos (en mujeres de la primera generación: soledad cultural, imposibilidad de volver al país de origen, frustración), la falta de acceso a noticias de los países de origen, la uniformización ideológica, el sexismo. La ayuda desde los países del área post-soviética, tanto de actores públicos como privados, es insuficiente. Hay tensiones interétnicas y falta el diálogo cultural: “Qué bueno que se fueron, que su cultura no dejó huellas en Cuba… así no tenemos que comer su grasiento borsch…”, dijo cierto historiador de La Habana provocando aplausos en una reunión oficial de intelectuales. “Es curioso que no los llamábamos por el gentilicio de la URSS y mucho menos como “camaradas”, sino que usábamos un sustantivo cuya fonética no permitía los detalles. Ellos eran “los bolos”: informes, toscos, un trozo de barro sin trabajar; macizos y sin gracia… Aquella mezcla de temor y burla que nos generaban los bolos todavía se mantiene”, se lee en el conocido blog Generación Y. Pero tales sentimientos no son generalizables, en Cuba mucho/as sienten afecto por las personas de la ex-URSS, con independencia de las ideologías.

9La falta de sentido de pertenencia y de identificación colectiva en la diáspora dificulta el éxito de sus proyectos culturales. Según uno de los informantes, “estamos fracasando porque nos falta el “mito”; hay que crearlo”. Para otro, Alejo Carpentier pudo haberse convertido en ese mito debido a su doble origen, pero por alguna razón no lo hizo. Ya que una identidad colectiva debe ser aglutinadora, prácticas identitarias singulares “raras” pueden inhibir la creación de un discurso común y los sentidos de pertenencia en la comunidad. La escritura, el arte y la capacidad de iniciar proyectos socioculturales son zonas donde esta tensión puede mostrarse.

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